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sábado, 4 de mayo de 2013

Relato zombie: Comerse el mundo



Desperté en una superficie dura, en un entorno silencioso y frío, bajo una tela blanca de aspecto rugoso. La aparté con la mano sin esfuerzo. No sabía dónde estaba, no reconocía el lugar ni recodaba cómo había llegado allí. Luché por enderezarme pero me dolía todo, sobre todo la espalda en todo su recorrido vertical. Y la cabeza parecía que iba a explotarme, como si me la hubieran rellenado con un peso extra. Notaba destellos al intentar enfocar, estrellitas alrededor del contorno de los ojos, mirara donde mirara. Levanté al fin la cabeza con gran trabajo, un esfuerzo descomunal. ¿Había tenido un accidente? ¿Me habría jodido la espalda? Al alzar la cabeza, tras un desagradable chasquido en la base del cuello, pude ver mejor donde me encontraba. Era una sala clara y despejada salvo por varias camas a mi alrededor con bultos tapados con sendas sábanas del mismo aspecto que la que acababa de alejar de mí. No me era difícil deducir lo que había debajo de cada una de ellas. ¿Dónde cojones estaba? Me sentía molesto, asustado y sobre todo dolorido. Me propuse, pues tenía que proponérmelo con toda mi voluntad, agarrarme a los lados de la cama para enderezarme, me sentía incapaz de mover un solo músculo, estaba rígido como una tabla de planchar y no sólo mi espalda, no había parte de mi cuerpo que sintiera capaz de activar con una movilidad natural, ni una sola. Pero por más impulso que le apliqué, menos resultado aplicable conseguí a cambio. Me sentía frustrado. Había pasado de sentir una extraña mezcla de insensibilidad dolorosísima acompañada de una presión generalizada como si un mamut se me hubiera sentado encima sin llegar a aplastarme, a una suerte de oleadas de pinchazos a todo mi largo, de una punta a otra a modo de circuitos eléctricos, calambrazos como cuando se te van despertando los músculos después de quedársete adormilados pero con un empuje colosal. Era muy molesto rozando lo insoportable.
Moví los ojos hasta donde me permitía mi postura estática y ví un interruptor sobre mi cabeza, bajo una pequeña balda alargada que había en el cabecero de mi cama. Suspiré y eso aumentó mi suplicio, el pecho me ardía y el estómago se removía por el incesante movimiento de unos gases torturadores que actuaban semejando serpientes rabiosas.
Tenía que tocar aquel interruptor pero la sola idea de alcanzarlo me parecía utópica, imposible, de chiste. Menos mal que al menos la luz permanecía encendida porque no veía ventanas ni posibles accesos a luz natural. Y qué calor, sudaba  y ese sudor me producía picores, pero claro, rascarse… en fín. Cerré los ojos y me concentré en mi mano derecha, la más cercana al botón. Luché y empujé pero apenas la levanté lo que serían unos diez centímetros para tener que volver a dejarla caer, agotado. Impensable dominar todo el brazo y pulsar, así que sólo me quedaba otra opción que no era la que yo hubiera querido, gritar como un poseso hasta que acudiera toda la ciudad a socorrerme, y sudaba aún más con sólo pensarla.
Contuve el aliento, conté hasta tres y giré el cuerpo con un rugido sordo hasta caer al suelo, para colmo bocabajo. Aullé de dolor y sólo conseguí arañarme la garganta. Me ardía la cara del golpe y el pecho, además de una rodilla que se me había quedado mal doblada, mala suerte la mía. A ver cómo me daba la vuelta ahora. Notaban los pinchazos musculares más insidiosos.
Oí un ruido a mi espalda, muy cerca. Un ruido ronco, un crack concentrado en un único sonido que reverberó en toda la sala. Intenté hablar, una sílaba, algo que advirtiera sobre mi presencia, sobre mi “consciencia”. De mi boca salió un rugido cavernoso proveniente del fondo de mi garganta sin atisbo de significado. Realicé varios intentos, más gruñidos como de oso ronco, con un toque nasal. Era un quejido ahogado más que un débil intento de comunicación. Quizás por eso estaba allí, estaba enfermo. Y otro crujido. Me volví lo más rápido que pude. Sólo había camas con cuerpos tapados. No, espera, uno de los cuerpos se había enderezado y miraba a la nada sin moverse como si no estuviera consciente. Parecía que jadeaba, pero más que jadear se diría que intentaba lo mismo que yo, hablar sin éxito. Y otro cuerpo empezó a agitarse en la camilla de al lado. Algo raro estaba ocurriendo, muy raro. Aquello no era normal. Conseguí levantarme no sé bien cómo. Me crujía todo el cuerpo y las articulaciones las sentía adormecidas y como oxidadas, herrumbrosas. Cada vez que daba un paso me sentía como un robot. No, mejor aún. Como el monstruo de Frankenstein o constreñida como la momia dentro de las vendas compresivas que limitaba sus movimientos y los hacía ortopédicos y dificultosos.
Me acerqué al tipo que se había sentado e intentaba algo más pero, o no coordinaba bien o no sabía ni lo que quería, se veía atropellado e indeciso, y quizás también se sintiera tan confuso como me sentía yo en aquellos momentos. Hacía aspavientos torpes e inconexos, ni que espantara moscas invisibles. Intenté tranquilizarlo, mi movilidad mejoraba por momentos, pero me espanté al observarlo bien y me lo pensé mejor. No podía estar vivo con esas heridas en el pecho. Tenía un amplio corte en forma de Y desde los hombros hasta el estómago y se veía recosido con hiladas gruesas y atropelladas. Dios mío, eso lo había visto en la tele. Era una autopsia. Tenía la piel blanca con hinchadas varices verdosas, y el pelo se lo habían rapado al cero. Era grotesco en su conjunto, y más aún por sus intentos frustrados de coordinar sus movimientos. Y hablando de movimientos, miré alrededor y todos los cuerpos de las camillas que estaban en la sala se convulsionaban y retorcían con idénticas maneras orgánicas, artificiosas. Entonces yo… Bajé la cabeza y me miré el torso. No tenía la cicatriz en forma de Y pero tenía un feo corte que iba desde la axila derecha hasta donde quedaba el ombligo. Vamos, cruzaba de lado a lado. Ahora empezaba a recordar pero la tensión en las sienes me perturbaba, creaba una bruma en mi memoria. Recordaba la oficina, el reloj marcando las horas con su cadencia martilleante segundos antes de la hora de salida. Y… ahora recordaba aunque con lagunas. Recordaba el accidente de coche. Me toqué el pecho, acaricié mi piel a todo lo largo de la profunda herida grapeada, sostenida con pequeños ganchos de metal que impedían que mis órganos acabaran desparramados por el enlosado gris. Eso era. Eso era lo que había ocurrido. Me marché a casa puntual, con prisas, con intención de darme una buena ducha y salir a tomar algo con Ángela. Pero no lo tengo claro, no recuerdo el choque, sólo me ví venir aquel coche de frente. Sin embargo, la herida tenía que ser del volante, coincidía en tamaño y localización. Y aún así, si realmente eso era lo ocurrido y a estas otras personas les habían ocurrido cosas similares, no entendía qué hacía allí, qué hacíamos levantándonos y caminando como si estuviésemos vivos. Porque, una cosa estaba clara, no estábamos vivos, o al menos no como antes.
Este dolor de cabeza anulaba mis pensamientos, no me dejaba aclararme. Y las encías me palpitaban enloquecidas, como peces saltarines luchando por respirar dentro de la bolsa del pescador, sin espacio para nadar con fluidez.
Noté el cuerpo tembloroso y tenía espasmos, calambres en el pecho. Por eso me tambaleaba al andar. Los bebés debían sentir las piernas igual cuando estaban aprendiendo a andar. Todo parecía desproporcionado, las distancias oscilaban y acercarse a algo se me antojaba dudoso. Inseguro era la palabra.
Así que estoy muerto. En realidad la idea resultaba hasta cómica, tentadora. ¿Por qué no? Lo malo eran las molestias, las punzadas y los escalofríos. Pero seguro que nacer era infinitamente peor. Y esto me habría un abanico de nuevas experiencias que pensaba disfrutar hasta el último momento. Debía ser verdad que el alma se elevaba y se desvinculaba del cuerpo, porque no sentía preocupación, arrepentimiento o pena, ni por mí ni por ninguno de mis acompañantes. Al contrario, sonreía divertido y sólo pensaba en experimentar, estaba embriagado con mi nueva forma de moverme, con esta nueva oportunidad, me llevase a donde me llevase y durase cuanto pudiera. Pues “carpe diem” se ha dicho.
La sensación era curiosa y me vino a la cabeza la idea de que me sentía como si me pudriera por dentro y a cada segundo estuviera descomponiéndome, y a la vez mi cuerpo vibraba como si acabara de nacer y tuviera un cuerpo nuevo con el que experimentar y vivir. Vivir, curioso vocablo para utilizar en estos momentos.  Las perspectivas habían cambiado, las distancias se hacían imprecisas pero el conjunto era el correcto, como si antes todo estuviera en el ángulo equivocado y ahora todo estuviera en su lugar. El ojo humano tiende a enfocar una parte del entorno y centrarse en una porción, y así si vemos a lo lejos perdemos la nitidez en las distancias cortas y viceversa. Pues se podría decir que yo veía todo con la misma intensidad estuviera donde estuviera, el enfoque era absoluto, perfecto. No veía mejor manera de explicármelo. Ahora lo abarcaba todo, y ahora entendía que la vida limitaba el pensamiento y el desarrollo. ¿Hasta dónde podría llegar en mi actual estado? Los olores rozaban el interior de la piel de mi nariz como si fueran tangibles, caricias que me hacían cosquillas. Todo era más vívido y traumático a la vez. Me ardían hasta las uñas, palpitan y las notaba crecer, esa era la sensación. Y las raíces de los cabellos pugnaban vibrantes por salir, milímetro a milímetro, micra a micra.
Las encías seguían palpitando, me dolía cada diente. Al tocarme, me miré las manos y tenía sangre. Es más, saboreaba la sangre. Estaba sabrosa, algo ácida. Sabía deliciosa. No sólo deliciosa, exquisita. Era lo más rico que había ingerido en toda mi vida. Otra vez esa palabra.
Me paré ya a poca distancia de la puerta de salida de la habitación. Había un cartel que rezaba: Depósito de cadáveres. Por si me quedaba alguna duda. Me miré la mano derecha, observando la vena de la muñeca, todavía sentía una débil energía en circulación. Debía probarla. No era que me apeteciera beber, todo mi universo se centra en ese riachuelo azul ya casi cuajado. Y mordí. Sorbí poco a poco. Embriagaba pero no me satisfacía, no tenía fuerza suficiente, era como vino aguado. Me relajaba, era energía pura pero diluida, adulterada por la muerte. Y para colmo despertó en mí una extraña sed insoportable. ¿Ahora era un vampiro? No, era algo más. Mi cuerpo se moría, ya estaba muerto pero para seguir activo me pedía esencia vital, vida. Para vivir necesitaba extraer vida, sangre fresca. Quería más. Pero no la de aquellos muertos inútiles y acartonados ni la mía que era igual de inútil y acartonada, sino sangre de verdad. Un poca que había bebida de mí mismo y me había aclarado un poco las ideas y rebajado la náuseas. Al parecer había algo de sangre aún latente y con dificultades para circular que quedaba en mis extremidades, y al tragarla, había ido directa a mi sistema circulatorio y había reactivado mi cerebro. Veía más nítido y aún sentía el entorno más activo.
Necesitaba más, más sangre. La boca se me hacía agua sólo de pensar en ella, me excitaba. Me recorrió un calambre por la columna y me entró la risa floja, una risa asmática, enfermiza. Me tiraba la piel del rostro, debía de tener un aspecto espantoso. Eran más bien un conjunto de silbidos burbujeantes. Ahora lo entendía todo. Y diría que no era el único. Veía en mis nuevos compañeros de fatigas la misma sed, en sus ojos acuosos abiertos como platos y atentos a cualquier reflejo, en sus andares zigzagueantes pero decididos, imparables. Iríamos hasta el infierno por una gota de ese fluido vital.
Salí el primero de la sala. Sólo necesité empujar torpemente las puertas abatibles y accedí a un pasillo que se perdía hacia los lados, monótono y de luz fluorescente. Iba cogiendo el ritmo, desentumeciéndome. Seguí caminando con lentitud pero pudiendo afianzar con más firmeza los pies al suelo y flaqueaba menos. Beber de mi mismo líquido sanguíneo me había ayudado con la jaqueca, como un elixir contra la resaca, pero sólo un poco. Y ya no veía actividad en mis venas. Me chupé lo poco vivo que quedaba en mí.
Caminaba arrastrando un poco los pies. Cojeaba al principio inclinándome a la derecha, tanto me daba un lado que otro. Todo el trayecto era recto salvo por un par de puertas que comprobé y estaban bajo llave. Miré hacia atrás sin aminorar y ví que me seguían. Era posible que aquellos no tuvieran ni un ápice de iniciativa o me seguían con desidia y por simple inercia. Se veían más apocados y torpes que yo, con andares artificiales. Debía ser que lo que bebí me había aventajado y ahora me sentía como el líder de la manada.
El corredor giraba algo más adelante y se bifurcó en un par de ocasiones. Caminábamos a la aventura sin rumbo prefijado, no conocía el plano del lugar. Y accedimos a unas escaleras con un elevador que indicaba que sólo debía ser utilizado por personal autorizado. No creía probable que nadie nos fuera a autorizar, al menos nadie en su sano juicio, estaba chistoso y todo aquello me divertía.
Me disponía a llamar al ascensor pero antes de pulsar el botón, un “clin” nos anunció la inminente llegada y apertura de las puertas. Y al abrirse nos encontramos delante de un tipo bajito, de poco más de metro y medio, canoso y con entradas, rondaría los cuarenta y cinco o cincuenta años. Venía silbando una melodía, con una camilla vacía al lado y se le acababa de cortar el ritmo al toparse frente a frente conmigo y mis nuevos amigotes. Debíamos ser un espectáculo digno de admirar, de los que quitaban el hipo. O más bien lo provocábamos. O incluso pudiera ser que le quitáramos el hipo, el aire y… hasta las vísceras.
Era como un faro en la oscuridad. Toda la piel visible de su cuerpo relucía ante nuestra hambre como fuego en la noche. Era hermoso. Hermoso… y suculento. No podía pensar, ronroneaba de satisfacción con la saliva amontonada en la garganta y se me escapaban ruiditos extraños.
El tipo abrió los ojos, gesticuló y balbuceó incoherencias, trastornado. Pero yo no atendía a nada más que a su bombeo corporal, que me gritaba de tal manera que ahogaba sus llantos y súplicas. Toda su circulación sanguínea se me aparecía como una radiografía, me quemaba los ojos, eran fuegos artificiales de una belleza sin par. Saturaba todos mis sentidos. Y, mientras el tipo intentaba estrujarse contra la pared trasera del ascensor, contra la esquina más alejada e interponer la camilla entre nosotros, me abalancé sobre él como ave de rapiña, camilla incluida, y le corto profundamente en el estómago al oprimirlo entre la camilla y la pared. Forcejeaba, vaya que sí. Y lo alcancé escalando sobre la camilla. Si me hacía daño no lo sentía, no advertía nada ajeno a mi objetivo. Le clavé las uñas en los hombros para afianzarlo. Estaba paralizado de terror, temblaba descontrolado. Sollozaba. Con el esfuerzo, para colmo, se le resaltó una vena en la frente. Se iluminó para mí. Noté peso detrás, todos empujaban para alcanzarlo pero era mío. Hinqué los dientes en la cabeza y le arranqué, entre alaridos de dolor del tipo, un buen pedazo de carne que sabía a gloria, y la sangre empezó a borbotear, a salir a chorro como un grifo. La bebí, la saboreé, me empapé con su olor. Estaba borracho, eufórico. De inmediato sentí una oleada de poder. Lo noté fluir por cada arteria, por cada vaso conductor, por todo mi cuerpo. No podía parar. Y no sólo por la sangre, la carne me caía hacia el estómago y jamás me había sentido igual. Poco a poco me iba saciando, le había comido parte de la masa cerebral, y era lo más rico, el interior, el relleno del pastel. Ya no se convulsionaba, y yo estaba saturado y satisfecho por el momento. Me retiré a la esquina opuesta, embotado. Pulsé sin querer con el codo y el ascensor comenzó a desplazarse. Subía pero no sabía a donde íbamos. Seguía como hipnotizado y vigorizado a la vez. Adios a las migrañas, al entumecimiento, a los espasmos. Me siento Dios. Los demás se estaban ensañando con el cuerpo, mejor así, había que aprovechar la comida. Lo habían despedazado. A un lado me ví a un tipo orondo, grasiento, devorando un brazo con avidez, conforme con su parte del festín. Los demás andaban pringándose entre vísceras y sesos. Todo estaba salpicado. Todo olía y lucía de maravilla, como con bombillas de neón.
El ascensor se paró con un leve saltito, sonando otro chasquido, y llegamos al piso cuarto, rezaba iluminado en rojo el pulsador corresspondiente.
Éramos cinco en total, cinco nuevas formas de existencia. Cinco individuos con mucha, mucha hambre, tanta hambre que podría asegurar que seríamos capaces de comernos el mundo.

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