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lunes, 9 de junio de 2014

Relato: El monstruo de piel rojiza



La gigantesca criatura embestía con fiereza contra los bastos muros de la fortaleza, que se desmoronaba por momentos. Arremetía sin piedad ni descanso, con una furia propia del desconocimiento y de la pura terquedad. Los soldados y demás habitantes del fuerte permanecían al pie de las almenas y en las zonas altas, con las armas que pudieron conseguir en posición de ataque pero incapaces de realizarle al monstruoso ser ni un mínimo rasguño desde aquella distancia.
Aquella cosa había aparecido desde las profundidades del fondo marino, sin previo aviso, y se había dirigido hacia aquella construcción de manera deliberada y sin meditar, quizá curiosa por aquella forma irregular que se alzaba en medio del terreno desértico a capricho, quizá molesta por permanecer ahí justo por donde se le antojaba echar el paso. Sea como fuere, había cogido desprevenido a sus numerosos habitantes, que no se veían capaces de repeler tamaño ataque de ninguna de las maneras, se veían como muñecos estáticos colocados al azar en un castillo de arena.
El monstruo era inmenso, se alzaba, en proporción, con una altura que rondaba las dos veces la distancia máxima desde la base de la construcción hasta su parte más elevada. Contemplaba el interior desde aquella posición panorámica, viendo todo el espacio desde arriba con aquellos dos ojos saltones que tenía delante de aquel cuerpo ovalado, desproporcionado. Tenía cuatro patas delgadas a cada lado del cuerpo, sosteniendo con firmeza aquella estructura corpórea descomunal, de un rojo fuego que resaltaban aún más unos gruesos pelos negros tan grandes como el brazo de un hombre. Pero lo peor era las dos patas delanteras que alzaba como brazos, con un grosos dos o tres veces mayor que las patas posteriores, de un tono rojizo más claro pero más brillantes, y después utilizaba con fuerza contra los muros y la puerta reforzada principal, a modo de arietes, destrozando cuanta protección tuvieran los habitantes del recinto, incluso haciéndolos caer desde las alturas de las almenas y torreones en una caída de la que no podrían recuperarse jamás.
La piel se veía dura, como un caparazón metalizado que cegaba los ojos cuando la luz del Sol se reflejaba en ella, inclemente pero de una belleza salvaje. Y no dejaba de mover las manos, que eran como dos dedos prensiles de diferente tamaño, dañinos como sólo ellos podían serlo, que restallaban con cada choque obnubilando los sentidos. Todo en él era fuerza, poder, bravura… un toro desbocado adaptado a la vida marina. No teníamos nada que hacer contra tamaño poder.
Combatía de lado, golpeando con un costado, moviéndose en esa posición todo el tiempo en lo que parecía una cuidada estrategia para protegerse el otro flanco y los ojos, que parecían su punto débil.
A la voz de “¡Disparen!”, “¡Flechas prestan para cargar!” y otras lindezas, los altos cargos del débil ejército atacaban a la desesperada. Una flecha salió disparada algo antes de tiempo, y al punto la siguieron otras más, surcando el aire como finas gotas de rocío teledirigidas… y dieron contra la dura piel sin dejar mancha alguna. Otra ráfaga siguió a la primera, y otra, y otra… se sucedían sin descanso. El monstruo rugía furioso, expulsando una especie de saliva espumosa por un pequeño orificio que tenía justo bajo los ojos, muy pequeño, que debía ser la boca pero que no usaba un para defensa ni para acompañar al ataque. Los ojos bailoteaban son descanso, dispares, observándolo todo, y no cejaba en su empeño.
Parte de la estructura lateral de la zona que quedaba más cerca del mar y parte del portalón de entrada y del delgado puente que separaba el fuerte amurallado del terreno sólido habían sido ya casi totalmente derribado, y la tropa se sentía ya fundadamente derrotada. Un par de ataques más, y la criatura acabaría pisoteando todas las casas y recintos del interior, y no quedaría nada en pie para defender.
Uno de los soldados, que debía estar herido desde el principio de la contienda porque permanecía todo el tiempo medio arrodillado, empezó la alzar la voz y a sustituir las continuas e incesantes voces de mando por plegarias a un Dios que parecía inexistente. Montones de soldados yacían a discreción, caídos, inmóviles, destrozados. No había esperanza y, sin embargo, era lo único que sentía que le quedaba por hacer, así que rezó, rezó alto y claro, con una energía que sólo podía provenir de la desesperanza, del desamparo más profundo. Las voces de mando empezaron a perder fuerzas, a debilitarse, y otras voces se alzaron a coro de la primera, en una última oración de vida y muerte.
Y Dios acudió en su ayuda. Una enorme sombra, mil veces mayor que la de la criatura atacante, oscureció el cielo con su sólida forma corpórea, humanoide. No se veían sus rasgos, ocultados por la luz solar inclemente que iluminaba su parte posterior ensombreciendo la contraria. Y se algo una mano, una mano de un tamaño colosal, más grande que muchos de sus compañeros juntos, y con un golpe magistral dado con el dorso de la misma con brutal saña, a la par que un rugido profundo retumbaba en el aire, desplazo al monstruoso atacante con una facilidad pasmosa, muchos metros más allá, y cuando consiguió darse la vuelta y enderezarse con fingida dignidad, huyó mar adentro tal y como había venido.
La silueta de la divinidad que nos había socorrido se alejó a una velocidad inaudita y nos dejó débiles y esperanzados…
-         Cariño, deja ya de jugar en el castillo de arena, que nos vamos a casa-.
-         ¡Jo, mamá! ¡Un cangrejo enorme me ha roto tres soldados! -.
-         Bueno, venga recógelos. Ya te compraré otros. Que se hace tarde-.

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