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jueves, 16 de octubre de 2014

Relato zombie: Atrapado en un día de mierda



Hace doce horas que yo, un gaditano de pro de unos cuarenta y dos años de edad, trabajador (más o menos) y padre de familia, he sido ingresado de urgencia en el Hospital Puerta del Mar. Por lo que puedo recordar, lo que sucedió fue, más o menos, como sigue:
-         Mire usted, esto está más apretao que el culo de una gorda. – Le decía Paco al extranjero que tenía problemas de atasco en el retrete de la casa que había alquilado.
-         ¿Cómo dice? – Le decía el tío estirao con acento extraño.
-         Que por aquí no cabe ni el bigote de una gamba de frente, oiga.- Insistía Paco, fontanero de toa la vida, dispuesto a cualquier arreglillo que le proporcionara ingresos extras.
-         ¿Gamba? – Repetía el pobre pringao sin enterarse de ná.
El nota había alquilao por un pastón aquel piso que había dejao recientemente la difunta María Luisa sin más dueño que un sobrino espabilao. La propiedad en cuestión estaba en pleno Barrio de Santa María, en la calle Viento, en el bloque de pisos más feo y destartalao que se haya visto por la zona, en aquella calle lúgubre y estrecha, eso sí, recalcando en el anuncio que publicó en interné y en toas las inmobiliarias de Cai que era una vivienda tradicional, típica y céntrica, cerca al mar. O sea, prehistórica, ruinosa y con las cañerías en su punto más álguido de ebullición.
Y el sobrinito de marras gastándose los novecientos euros que le había cobrao al incauto por el alquiler en temporada alta de verano, que ahora se estaría puliendo en algún chalé en primera línea de playa. Si es que…
-         Le digo, señor Guiri de la Conchinchina, que por menos de cien pelotes no le arregla esto nadie.
-         Excuse me?
-         Que no meto las manos en mierda por menos de cien euros, oiga. Y ya usted se las arregla con el dueño. Que esto no es moco de pavo, ¿vale? Que me queda obra pá rato. Ci-en e-u-ros, ¿me entiende? Y mañana Ok, todo ok.
El tipo pareció entender, aunque no de buena gana, que le tocaba apoquinar la pasta, y sacó el efectivo de la cartera. Ya todo el tema económico arreglao, conseguí echarlo de cuarto de baño con aspavientos y empujones y procedí a equiparme pá pasar el mal trago. Saqué unos guantes como los que usa mi parienta pá fregar los platos, hasta casi el codo, y metí la mano con toa la cara de fatiga. Al fondo se notaba una cosa pastosa y dura, un engrudo asqueroso, compacto.
-         No veas lo que esconden los de fuera dentro de los intestinos, este tío ha venío a España a dejar to su porquería. Vaya tela lo que se ha formao aquí. Vamo, llegaría el tío un mes estreñío, por lo meno.
Salí al pasillo con el guante aún puesto, chorreando mierda por to el trayecto. Me había dejao las herramientas a la entrada. Tenía que desmontar to el tinglao porque ahí había más conglomerao que juntando toa la piedra ostionera de la Bahía. Cogí las herramientas y me metí en el cuarto de nuevo, no sin intentar antes sin éxito que el friki tiquismiquis me enchufara un ventilador cerca, más que ná pa alejar las malas pestes que salían del vater, y las que quedaban por salir.
Sudando como un toro en una corrida (¡uy, que frase más malinterpretable!), empecé a desmontar con cuidado de no partir “demasiadas” losas, y al cabo de un buen rato y mucho sudor, desplacé la pieza sin demasiados incidentes. Un reguero de un fluido pastoso indefinido corría desde el inicio del bajante hasta donde reposaba actualmente el vater y aparecía empercochándolo todo por el constante pisoteo de mis propios pies. Bueno, yo no lo iba a limpiar.
Primero usé una linterna pero aquello era boca de lobo. La peste era nauseabunda, repugnante, y mira que había desatascao el menda más váteres que conciertos dio el Maikel Jakson ese en toa su vida.
Cogí un desatascador y ná, parriba-pabajo con movimientos pajilleros frenéticos, con los sudores recorriéndome la espalda. Me sequé el sudor con el brazo y... ¡coño! Usé sin querer el brazo con el guante pringao. Hoy no es mi día, pensé mientras me terminaba de ensuciar quitándome la porquería con la camiseta, que era blanca cuando se inició el día.
Tras varios ruidos desagradables pareció destaponarse con un fuerte ¡PLOC! que hizo retumbar toa la casa. Parte del contenido de la tubería salió vomitao y el olor se desperdigó por la casa. El tipo que me había contratao asomó la cabeza, abrió los ojos como platos y asqueao-aterrorizao, salió huyendo pal salón. Mejor así, que no se puede trabajar con mirones, se desconcentra uno.
Cogí un palo largo que tenía preparao y lo metí por el hueco, pero a pesar de todo aquello no entraba ni a la de tres. No, si al final todavía le había pedio poco parné. Pos ná, a meter la mano otra vé. Vaya mierda…
Y en eso estaba, con la mano dentro hasta más arriba de la muñeca, empujando algo duro, profundizando más, más, hasta que la masa pastosa alcanzó el borde final del guante y se coló por dentro. Hoy me toca la lotería, me dije asqueado, con la cara casi metida en la pringue del sueño. Y noté un bulto, un bulto gordo que pareció… chillar, moverse… ¡y morder! Joder, hostia puta, una rata.
Saqué la mano a toa carrera y me quité el guante dolorido. Tenía una herida profunda, una mordedura. Me enjuagué las manos en el grifo del lavabo, salpicando porquería por la pared y por el romi, y me sequé to la pasta esa enfermiza con la toalla bordada. A la mierda el bordao. Estaba asustado por coger una infección, la rabia o sarna de esa. Cabrona de la rata. Me puse otra toalla del armarito de enfrente pá cortar la sangre y me agaché con la linterna pá ver por el boquete, con recelo. Algo me saltó a la cara. La joía rata quería más.
Forcejeando con ella salí al pasillo, intentando estrujarla con la otra mano. Mientras resbalaba por la suciedad del suelo y me daba un golpe en la cabeza, el mierda de bicho seguía atacando hasta que la agarré como pude y la separé de la cara. Era asquerosa, olía fatal y parecía rara, como… podrida. De hecho, tenía un trozo de carne menos en el costado y le colgaban las tripas. Pero seguía mordiendo al aire. Asustao, la tiré lejos hacia el cuarto de baño y ví, pá mi horror, que en vez de atacar de nuevo, procedía la muy mamona a alinearse con otras doce o trece amiguitas que, como la primera, con órganos colgando o con falta de ellos y sin inmutarse por ese hecho, echaban cojones preparándose pá atacar.
Cogí el palo de desatascar, allí plantao el medio del corredor en posición de defensa, o yo que sé, acojonao. A la vez, como el ejército mejor organizao del mundo, atacaron sin piedad. Mi acojone aumentó en proporción. Al carajo el Canal Plus, veré el fútbol en el bar, como siempre, y eché a correr como perseguío por la bruja Lola en pelotas. Mala suerte que el mierda de guiri chungo tropezó conmigo y caímos al suelo y, mientras me volvía e intentaba quitármelo de encima pá guanajarme a la voz de ya, toas las asquerosas ratas zombies se me tiraron encima. Y no recuerdo más, sólo que estoy aquí to vendao, rodeao de tubos y aparatos entre pásticos y precintos, con una peste a podrío que no se puede aguartar. Lo raro es que tó está limpio y seco, creo que el podrío soy yo.

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