Páginas

martes, 17 de septiembre de 2013

Relato corto La carne desgarrada

NOTA: Este relato no es de zombies, aunque no por ello es menos desagradable que otros que escribí con dicha temática. Tengo varias historias a medio escribir, estarán listan es breve. Saludos y gracias por vuestra paciencia.





Corría por la orilla de una playa interminable. Más bien tendría que especificar que lo que hacía era resbalar y zigzagear entre los diminutos pedruscos de la orilla de una playa, en dirección contraria a la de nuestro asentamiento.
Zozobré en varias ocasiones pero logré levantarme entre grandes aspavientos. Llorab ay gritaba, me poseían mis demonios que dirigían mis zancadas hacia lo desconocido. Me dolían los dedos de los pies por el frío y por los continuos encontronazos con los sedimentos y las rocas. Y los tobillos, de caer y trastabilar.
Y el pecho… y la cabeza de los latidos que el corazón parecía haber dividido entre su ubicación habitual y el interior del entrecejo, señal de que posiblemente tantos latidos no cabían en mi cavidad torácica y habían sido, en parte, trasladados a aquella otra parte del cuerpo.
Sin contar lo de gritar, que era cuanto menos inútil, pues no se distinguía ni luz artificial ni restos de actividad humana en toda la extensión inerte de arena y agua que me rodeaba. Sólo la enorme luna creciente que colgaba fláccida sobre mí, muy arriba, guiaba levemente mis pisadas.
Me ardía en pecho y la garganta. Mirar atrás era una tortura. La cabeza me daba vueltas y mi visón se perdía entre brumas. Creía ver a los cuatro jinetes del apocalipsis cabalgando enfebrecidos a mi alrededor, agitando el agua hasta el punto de salpicarme entera, enloqueciendo mis sentidos al calor del vapor humeante que cada roce, cada cercanía con mi piel, provocaban heridas lacerantes que enturbiaban aún más mis sensaciones. Estaba fuera de mí, sentía en mi nuca el dolor de un punzón clavándose, escarbando con saña entre mis capas de piel y carne hasta oradar el hueso. Las muñecas se me quebraban, de dentro a fuera, notaba cada milímetro de separación, cada dedo invisible que, con afiladas uñas, escarbaba y tiraba de mis diminutos huesos con ánimo de separarlos y pensaba en Jesucristo y asemejaba mi calvario al de aquellos clavos atravesándole en aquella zona de lado a lado.
Todo era dolor e iba in crescendo hasta más allá de la resistencia humana. Pero esa frontera siempre parece estar un poco más allá de sus propios límites. Más y más.
No sentía verterse mi sangre, mi un mililítro salía de mi cuerpo, y aún así lo percibía seco, con la piel pegada a la estructura ósea sin intermediarios, sin grasas ni carne o músculos, con los órganos desperdigados a lo largo de la orilla, encadenados a un cordón umbilical que bien podía asimilarse al intestino grueso en toda su extensión y que colgaba de mi omblñigo inmaculado, sin heridas ni suturas, pero sentía su peso y el esfuerzo de arrastrarse y agarrarse entre los depósitos del mar.
Al poco, incapaz de soportar su tirantez, me decidí a agarrar la ristra de órganos colgantes, como parte inseparable de mí y tirar de ellos al compás de mi huída.
Ya la velocidad iba a menos, el cuerpo no se sostenía en pie por más que quisiera. Seguía ardiéndome la garganta, debía llevar horas gritando o la sal del agua había hecho mell aen mí. No podía con el dolor, mi cuerpo era una herida punzante.
Con la mano libre, una mano palpitante con un considerable boquete en la zona posterior articulada que se veía desde el exterior, me apreté la garganta para mitigar el ardor. Pero no era ardor.
Parte del esófago se había salido oradando la piel y un trozo de hueso astillado asomaba al tacto. Desagradable  cortante, así que no había grito que  explusar ni aire que condujera, era dolor puro transmitido a mi interior con cara fallido golpe de respiración, un aire que no cruzaba más mi cuerpo para mantenerlo vivo peor más sensible, más vivo ahora que nunca, un aire tan corrompido como mi ser.
Cedió una rodilla incapaz de un movimiento más, y la siguió de inmediato la otra en un horrendo quebrar al tocar el suelo. Fracturada por múltiples partes, colgante como un pingajo de carne inservible.
Con una mano aún atrás agarrando la parte saliante de mí en un intento de seguir manteniéndolo todo unido, caí de lado, mareada, vomitando litros y litros de fluido no identificable, salpicada por todo él. Olía a pescado crudo, húmedo de sal, o era el salitre del agua lo que bañaba mi cara y la embriagaba con aromas cálidos y sucios. Todo el mar se sentía corrupto, corrompido por mi propia presencia. Todo en mí andaba mal.
Nunca tuve un hueso roto ni un dolor extremo, pero tenía constancia de que cuando el cuerpo no podía con más sufrimiento padecía colapsos y desmayos.
¿Qué me ocurría entonces? ¿Ni eso podía?
Perdí la noción del tiempo. La naturaleza debe ser sabia pues incluso inconsciente y abrumada por tanto pesar, llegó un momento en que ese sufrimiento, ese sinsentido se volvió familiar, como si ya hubiese sentido todo lo que se pudiera sentir y se hubiera convertido en algo habitual, en cotidiano, en todo lo que había. Hasta tal punto que me inundó todo, me colapsó  lo soporté. No, no lo soporté, lo asimilé. El cuerpo se relajó extenuado y entró en una fase de aceptación incluso… incluso de deleite, de placer. La boca se sentía helada, no podía moverla y se diría que no tenía labios. La nariz andaba caída y al estar tirada de lado como me había quedado, bailaba al son del vaivén de la marea, sin desprenderse del todo, haciéndome cosquillas al moverse y golpearme en la frente.
Veía vagamente con un ojo, el otro andaba perdido en algún lugar entre el entrecejo y el tabique nasal y algo parecía agitarse dentro de la cuenca ocular vacía. No lo sabía a ciencia cierta pero posiblemente era parte de la masa encefálica deslizándose al exterior. No quería que nada se me escapara pero era incapaz de mover la mano hasta la cara para taponarme el orificio.
Desinflada como estaba, sentía un pecho blando, como un guante vacío, colgando sobre el otro que yacía de costado, y ambos reposados en la arena húmeda como las tapas de un libro débilmente cerrado.
No podía describir mi cuerpo con más certeza pues mi única certeza era ésta que he descrito, y lo notaba tan incierto, tan inmóbil.
Intenté reirme, ahora e salía la vena poética. Que ilusa. Debía haber muerto y aquello era el infierno, mi infierno.
Seguro que era mi infierno particular. Años de lucha por mi cáncer, años de dolor soportado dignamente, años sobrellevando tratamientos y terapias con tal de no perder parte de mi identidad, de mi cuerpo y de mis órganos... con éxito. Y ahora ésto. Todos mis miedos, todas mis pesadillas unidas en una única realidad funesta. Y para colmo me estaba empezando a gustar. Pero no.
El dolor comenzó a intensificarse ¿era eso posible? Nuevas connotaciones, una graduación mayor que creía imposible me azotaba en cada gramo de piel y grité desde mi garganta cercenada… y oí mi voz.
Abrí mi ojo… y pude ver destellos de luz, con los dos ojos.
Y a todo ello se le unió un nuevo dolor, un dolor invertido, un dolor “al revés”. Era una versión acelerada de mi particular proceso de “rotura y desgarro”. Y no era menos doloroso aunque fuera reparatorio.
Notaba movimiento en cada parte de mí. Me hormigueaba el ombligo al sentir como cada órgano y centímetro de intestino se introducía por el pequeño orificio como succionado por una aspiradora.
Cada astilla, cada hueso, volvía a su posición anterior con un desagradable crujido, uno a uno, auna velocidad de vértigo, y me zarandeaba con violentos espasmos.
La piel se regeneró, las rodillas se des-contorsionaron y el aire entró en mis pulmones con un sonoro suspiro que me impulsó y me empujó hacia arriba, dejándome sentada en una superficie que ahora sentía fría y mojada. Y el dolor fue remitiendo aunque no del todo. Y volví a oír, a sentir mi entorno.
Me encontraba en la orilla de una playa despejada, de arena fina y agua azul cristalina. El sol aún estaba bajo, debía haber amanecido hace poco porque se distinguían débiles destellos rojizos en la distancia. Olía mal, yo olía mal, a orines y a vómito concentrados, pero una sonrisa se dibujó en mis labrios. Estaba viva.
A lo lejos ví venir un coche, tipo todoterreno, que tenía una luz centelleante en una zona superior y una sirena con un desagradable sonido torturador.
Eran policías.
Se bajaron del vehículo y procedieron a llevarme hasta él y a esposarme.
Mientras, tras leerme mis derechos, me relataron parte de los hechos ocurridos en la zona la noche anterior.
Habíamos acampado en un terreno cercano abandonado ignorando las señales de prohibición de acceso. Comimos, bebimos… en fín, sin detalles.
Lo que no sabíamos es que la zona en la que nos adentramos y tras la puerta que desbloqueamos para curiosear, habían contenido determinados gases que, en grandes exposiciones, resultaban altamente alucinógenos.
No tenían más información verificada, salvo que yo aparecí a muchos metros del complejo en condiciones deplorables, y que todos mis compañeros habían sido asesinados en una macabra orgía que incluía desgarros y liciados de órganos.
Mis pesadillas despertaron de nuevo, recrudecidas. Era la única superviviente y clara e inequívoca sospechosa del múltiple asesinato.

No hay comentarios: