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martes, 20 de enero de 2015
Salón manga de Jerez... Sorteo de entradas hasta el 22 de enero
Se están como en años anteriores, sorteando entradas semanales para el próximo salón. Para más detalles:
http://salonmangajerez.com/sorteamos-entradas-para-el-salon-manga-de-jerez-2015/
Salón manga de Jerez... ¡Calentando motores!
Ya ha noticias de las fechas del próximo Salón Manga de Jerez, que se celebrará los días 10, 11 y 12 de Abril del presente año.
Para más detalles:
http://salonmangajerez.com/fechas-del-xvi-salon-manga-de-jerez-2015/
lunes, 19 de enero de 2015
Relato: El primer autobús de la mañana
El despertador sonó impertinente, repetidamente y con sorna,
mientras despertaba a la dura realidad de una mañana que aún no había nacido.
Con los ojos aún adormilados y el mal humor que acostumbra a invadirme cuando
tengo que levantarme a esas horas vesperinas en las que todavía el sol está
lejos de espabilarme, apagué el atronador sonido que me torturaba y procedí a
encender el móvil, como tenía por costumbre hacer cada vez que tenía quedada
con mi grupo de senderismo y debía comprobar novedades en la programación. Miré
a través de la ventana mientras el teléfono se volvía activo y funcional, y una
luna aún alta y luminosa inundaba el cielo despejado. El viento soplaba con
fuerza, zarandeando las ramas más altas de los árboles que poblaban la acera
opuesta de la calle donde quedaba mi vivienda. Observé que no había
cancelaciones ni cambios en los horarios, así que me vestí con la ropa que
había dejado preparada la noche anterior (noche, qué ironía, como si ya fuera
de día) y me bebí un vaso de colacao caliente con los grumitos flotando en una
nube oscura, burbujeante. Ultimé los detalles con rapidez y salí al frío aire
de mediados de enero con la nariz enrojecida por el frío y las manos
agarrotadas.
Una compañera de sendero me había asegurado que el primer autobús
de la mañana salía los domingos a eso de las cinco de la madrugada, así que
salí corriendo para coger el transporte urbano que me llevara al punto de
encuentro desde el que partiríamos la porción del grupo que salía de Cádiz
capital y extramuros, rumbo a un sendero boscoso que prometía cascadas de agua
cristalina, profusa vegetación y secciones rocosas de piedras milenarias.
Esperaba ansiosa en la parada más cercana a mi vivienda, con
el aire cortante como única compañía, mi palo de senderismo a un lado y la gran
mochila azul descansando en el suelo al otro lado, infatigables compañeros de
aventuras. Intentaba paliar el doloroso frío dando pataditas en el suelo con
las gruesas botas y las manos debajo de las axilas, resoplando dentro de la
bufanda revuelta en torno al cuello. Era insoportable, arreciaba con furia y no
había marquesina ni recodo en el que guarecerme, ni siquiera parcialmente.
Entre bostezo y tembleque, empecé a notar que las gafas se
me empañaban. Parpadeé repetidas veces con la vista nublada, intentando enfocar
al fondo de la calle sin conseguir más resultado que una gran confusión. Una
extraña bruma parecía avanzar calle arriba en mi dirección, a una velocidad de
vértigo. Era una nube espesa, acaparadora, que ocultaba las ventanas de los
edificios paulatinamente, deprisa, y las puertas oscuras, e incluso parecía
tragarse la luz de las farolas conforme las envolvía a su paso. Me asusté un
poco pero la neblina y la humedad son tan usuales en Cádiz que no terminaba de
entenderla como algo extraño y ajeno a mi ciudad.
La humareda, pues era tan espesa que parecía humo
solidificado, continuaba avanzando y me imaginé atrapada a su paso en un cuento
de pesadilla, poblado de criaturas fantasmales… Un ruido de motor rompió el
silencio de la calle y, mientras la bruma terminaba de envolverme
irremediablemente, un conocido estruendo mecánico la acompañó conforme el
espacio a mí alrededor se iluminaba con una mortecina luz amarillenta, decadente,
que emanaba de un vehículo de aspecto impreciso, irregular, que aparcó delante
de mí de una manera antinaturalmente brusca.
El interior se veía a medias, con los cristales
rectangulares velados, sombreados con nudosos movimientos espasmódicos
aterradores. El interior irradiaba luz, pero era una luz a medias, una luz
apagada, no me era fácil describirlo. En realidad podría definirlo mejor como
un conjunto de sombras, como reflejos en el fuego de siluetas deformadas,
torturadas en el fragor de una batalla o una danza macabra.
Me asomé sin adelantarme y no veía conductor, no veía nada
con claridad. Todo parecía como cubierto con una gruesa sábana apelmazada, y
las sombras se percibían distorsionadas, macabras. Y el estruendo era ahora
ensordecedor, con una furiosa cantinela pegadiza de fondo entre un mar de gritos,
gruñidos y berridos. Incluso dudaba que no hubieran despertado a todo el
barrio.
No sé si era la curiosidad o alguna fuerza externa
irrefrenable, pero lo cierto es que todo mi ser me empujaba con insidia, casi
tangiblemente, hacia el interior. Y tenía que aferrarme al suelo con todas las
fuerzas de mis piernas para no avanzar, para no ser introducida en aquel lugar
de pesadilla.
Me aferré a la mochila, que agarré con fuerza, pero aquella
fuerza me arrastraba con ella. Sin poderme frenar. Me empujaba, me dolía.
Afortunadamente, una farola se interpuso entre la puerta y mi paso, ni siquiera
recordaba que estuviera ahí, pero me agarré a ella con los ojos fuertemente
cerrados y gritando en mi interior para silenciar toda aquella algarabía
infernal. Y no sé cuanto tiempo estuve allí, ni sé si todo aquello fue real. El
caso es que desperté en mi cama a la hora convenida para coger el autobus, como
de costumbre, y mi mochila seguía a medio hacer, mi palo de senderismo reposaba
donde siempre… y varias huellas de lo que parecían dedos habían dejado
magulladuras profundas en mis brazos.
Relato: El camino más corto
Siempre que voy al centro procuro elegir el camino más
corto. De hecho, no elijo nada pues la elección ya está tomada. Cierto es que
el camino más corto es el más indeseable pero en diez o quince minutos llego
fijo a mi destino, de otro modo tardo más de treinta minutos y me resulta igual
de tedioso. Mi itinerario habitual es una carretera de doble carril con una
acera a cada lado y espacio para aparcar entre medias. Es un terreno vacío,
flanqueado por altos muros blancos a ambos lados y se antoja abandonado y
solitario. Incluso hay espacios de suelo de tierra y gravilla hacia la zona
central, a uno de los dos laterales. Los muros son gruesas elevaciones lisas de
ladrillo y cemento de unos cinco o siete metros, con la parte superior adornada
en forma de arcos rellenos de figuras geométricas regulares a cada tanto,
homogéneas y deterioradas. Uno de los muros linda con la zona de los astilleros
de la ciudad, con el dique seco, y todo el entorno está repleto de naves
industriales, edificios administrativos y grúas gigantescas mecidas por el
viento. Pero es una zona casi desértica y rara vez se ve trasiego de empleados
o personal entrando o saliendo. Es un espacio silencioso, desamparado, se diría
que muerto salvo por el tipo de la garita de entrada, que queda a la mitad de
la ruta y rara vez está a la vista. Frente a la entrada al polígono hay un
espacio abierto en forma de semicírculo, dejando esa zona central de la
alargada avenida en forma de glorieta segmentada, con dos semicírculos rajados
como dos medias naranjas. No, mejor aún, como el símbolo de la señal de tráfico
de Stop girado con el corte central horizontal y plasmado en el asfalto como
una calcomanía.
A un lateral, como dije, la entrada a la zona portuaria con
su correspondiente garita y dos accesos, uno justo a su lado sólo para personal
autorizado, y el otro a un lateral más apartado para las escasas salidas que se
producían al complejo, igual de infrecuentes que las entradas pero menos
controladas y accesibles.
Esa pues, sin lugar a dudas, un camino aburridísimo,
monótono y rutinario, rellenado sólo por el continuo trasiego de la circulación
de los vehículos que utilizaban esa vía más rápida de acceso al corazón de la
ciudad, esquivando así la avenida principal y el paseo marítimo, y sus
numerosos semáforos y accesos peatonales.
Este era el camino que yo solía utilizar, más cómodo que ir
por las frecuentemente abarrotadas calles principales, llenas de tiendas,
aceras estrechas colapsadas y jardines marchitos. No me resultaba un itinerario
atractivo aún cuando la soledad y el abandono de esta zona no invitaban al
paseo y al disfrute del entorno. Pero sí podía estar segura de que podría
disfrutar mejor por el camino vacío y seco, de mis propias reflexiones, ir a mi
ritmo, regodearme con la música de mis auriculares y, en dos o tres canciones,
no más, cuando menos me lo esperaba, sin interrupciones ni divertimentos,
ensimismada entre ensoñaciones y dilemas, llegaba a casa casi sin darme cuenta,
inmersa en mi propio mundo.
Y esa noche actué como de costumbre. Sabía que era muy tarde
pero la oscuridad se me hacía acogedora. No estaba nada cansada y el paseo me
ayudaría a aclarar algunas cuestiones que venían rondándome. Un rato a solas
para dialogar conmigo misma e intentar sacar conclusiones sin distracciones
externas me vendría bien.
El camino se veía, como era habitual, bien iluminado por
altísimas farolas que me parecían futuristas y me recordaban a los invasores
extraterrestres de la película La guerra de los Mundos, sobre todo los del
remake de Tom Cruise, donde las alienígenas, gracias a las nuevas tecnologías
informatizadas, se veían mucho más altos y amenazantes. Claro que éstas, que me
eran reales, sólo se limitaban a iluminar mi silencioso camino a intervalos
regulares y el único peligro que derivaba de ellas se podría deber a su falta
de funcionamiento más que a un peligroso ataque aniquilador.
Caminaba sola, relajada. Me gustaban esos momentos de
intimidad. Pensaba en la próxima celebración matrimonial civil de una buena
amiga mía y de lo que todo ello conllevaba de gastos económicos y desgaste
moral porque para mí eso de comprar vestidos, ir de tiendas a probarme zapatos
o decidirme por el mejor maquillaje me resultaban tareas muy monótonas. No me
gustaba arreglarme demasiado ni las parafernalias que rodeaban la ceremonia,
demasiados formalismos. Además, me recordaba continuamente a la gente “non
grata” a la que tenía que saludar, con la que tendría que charlar, y sonreír.
Vaya rollo. Si pudiera librarme, pero era imposible. Marta quería que estuviera
allí, casi me lo había suplicado puesto que sabía mi reticencia a acudir a
estos actos y contaba con mi presencia sin admitir ni un “pero”. Así que no me
quedaba otra. Y además tendría que ir sin pareja y responder con una sonrisa
ante frases del tipo: ¿todavía sigues sola? Se te va a pasar el arroz. En fin,
tendría que limitarme a ignorar los comentarios molestos y beberme tres copas
para ver la vida de otro color.
No me importaba no tener pareja, había pasado un infierno
tras mi ya lejana última ruptura y ahora estaba genial conmigo misma, en paz,
aunque tampoco rechazaba propuestas a la ligera si bien era cierto que cada vez
me resultaba más difícil ver todas las virtudes de los chicos sin detenerme
especialmente en sus defectos. Y los veía todos. La edad debía haberme vuelto
sibarita respecto a mis gustos masculinos. O eso, o todos los buenos estaban ya
cazados.
Continuaba mi camino pensando en todo esto, intentando
aclararme, con fastidio. Un par de veces titilaron las luces de algunas de las
farolas más cercanas y se oían zumbidos como de avisperos al acercarme. No
estaban tan pegadas y había zonas circulares claras y zonas más oscuras, y ni
un alma. O eso creía hasta que ví, en una de esas zonas menos iluminadas, unos
movimientos bruscos justo al lado de un coche rojo con sus tonos oscurecidos y
sin brillos. No se veía bien pero al menos tres bultos debía de haber, tres
personas, dos con seguridad y lo que parecía una tercera caída en el suelo en
una postura forzada. Comprobé que eran tres cuando dos de ellos tiraban del
tercero del pelo hacia atrás y forcejeaban en un inútil intento de meterlo en
el coche, que ahora distinguía algo mejor y tenía las dos puertas que daban a
la acera, la trasera y la de copiloto, de par en par para facilitarse la tarea.
Me imaginé con claridad la escena. Seguramente aquel pobre
tipo, dudaba que fuera una mujer pero tampoco lo tenía claro, debía ser uno de
aquellos indigentes, inofensivos por regla general, yo nunca tuve ningún
percance, que se acurrucaban en los días de invierno entre dos coches de los
que se sabían abandonados y permanecían
allí aparcados meses y meses, cada vez más deteriorados.
Y seguramente aquellos dos niñatos de mierda vendrían
borrachos o en plan chulitos a divertirse a costa del pobre tipo. Incluso
parecían querer llevárselo de paseo en el coche para hacerle gamberradas. Los
muy cabrones se creían por encima de los pobres indefensos porque papá les daba
pasta y les dejaba el coche para pillar y fardar con las chicas. Siempre era
igual y resultaba indignante.
El individuo hacía aspavientos con las manos, intentando
quitárselos de encima sin mucho éxito. Aceleré los pasos, no podía permitir
aquello, esta vez seríamos dos contra dos, no se lo iba a poner fácil, y
pensaba anotar la matrícula y llamar a la policía.
Empecé a correr con el bolso a modo de arma, sosteniendo con
fuerza las asas largas con la mano apretada. Y mi bolso era grande, muy grande,
y pesaba lo suyo. Decidida, corrí sin más ruido que el del retumbar de mis
pasos, que no era mucho pues llevaba cómodos botines de piel con suela casi
plana de goma, y el rugir de mis pulsaciones desbocadas.
A la vez que lograban medio levantar al tipo para proceder a
introducirlo en el vehículo, cargué contra el más cercano, y con un tardío
grito de guerra que no delataba mi posición hasta el último segundo, impulsé
todo el peso de mi bolso contra su cabeza, ambos de espalda pero éste medio
incorporado para tirar del tipo hacia su lado, y le aticé en la coronilla con
un golpe ensordecedor. Pensé que el cráneo se le había incrustado de lo fuerte
que sonó el golpe, tanto que me lastimé un poco el hombro y la muñeca
izquierda, pero en ese momento de tanta tensión no sentí dolor alguno. Tenía la
adrenalina cargada a tope.
El chico, ahora veía que era un hombre joven de unos veinte
años, cayó al suelo hecho un ovillo, agarrándose la cabeza ensangrentada y
gritando como un cerdo desollado, pataleando.
Abrí las piernas, me afiancé y esperé a que se volviera el
otro y me atacara, pero el otro tipo, algo más mayor, me miró enloquecido,
colérico, aterrado... ¿de mí? Tampoco es que fuera el ángel exterminador. Se me
puso a gritar en un idioma desconocido y se me aflojaron las rodillas ¿qué clase de idioma o dialecto era ese? No
me sonaba ni a inglés, ni a francés, o ruso, o alemán. Nada ni remotamente
conocido, era gutural y parecía salirle del estómago, diabólico.
Soltó por fin al hombre que seguía forcejeando en el suelo,
cada vez más liberado pues ese tipo solo no podía inmovilizarlo por mucho más
tiempo. Al poco acabó desistiendo, aflojó del todo a su presa y dio un salto
hacia el costado, con soltura, metiéndose en el coche echo una madeja
deshilachada. En menos tiempo del que se tarda en derretir un helado a pleno
Sol en el capó de un coche en marcha, el extraño individuo cerró todos los
pestillos del coche sin mirar siquiera a su compañero herido, me miró con un
odio infinito mientras se acomodaba en el asiento del conductor, me señaló,
pronunció una serie de palabras que agradecía enormemente no poder oír ni
entender, segura de que me habían maldecido para toda la eternidad, arrancó el
coche y salió disparado a una velocidad de infarto, derrapando contra el duro
asfalto, dejando tras de sí unas profundas marcas de neumático que sin duda
seguirían ahí para los restos.
Al parecer le era más grato morir accidentado que seguir
allí un segundo más, que tipo más raro. No dejé de mirar el coche alejarse
hasta que dobló al final del camino y se perdió tras el recodo. El peligro
había pasado y el enfrentamiento no había acabado tan mal. Ahora a socorrer a
los heridos y llamar a la policía. Mientras metía la mano en el bolsillo para
buscar mi móvil, noté que todavía tenía el bolso fuertemente agarrado con la
otra y me estaba clavando las uñas, asó que aflojé el agarre y por fin miré al
suelo. Y lo que ví me llenó de terror.
El chico herido había parado de gritar aunque, concentrada
como estaba en la huida del otro, desde momentos antes había dejado de
escucharlo. Y el que consideraba un vagabundo desvalido gruñía y sorbía con la
cara incrustada en el cráneo reventado del otro, abierto como una sandía caída
de un quinto piso, y la ahora pobre víctima se agitaba febril, moribundo, pasto
de una carnicería., una cena caníbal con tintes surrealistas. Ante mis ojos
veía como el hombre al que estaba dispuesta a salvar, por desdichado e
indefenso, se cebaba clavando sus dientes en la frente y la cabeza del otro y
arrancando, despedazando, todo cuanto cupiera en su abertura bucal, que se me
antojaba enorme, bocados abominables que cercenaban la carne y troceaban luego
su contenido, con partes de cuero cabelludo y largas hebras de cabello
incrustados entre los dientes.
Y al alzar un poco más su cara para mirarme de reojo y no
perderme de vista, delatada por mis temblores y mis sollozos incontrolados, ví
esa mirada enrojecida, demoníaca rodeada de una piel de un blanco cadavérico
con grandes salpicones de sangre rojísima que le daban un contraste
antinatural, imposible, y aún cuando la luz no nos daba de lleno, parecía
refulgir con un resplandor níveo, fantasmal.
El choco dejé de convulsionarse y el tiempo parecía
detenido. El tipo aquel monstruoso continuaba ahondando en la herida,
incansable, insatisfecho, que era ya un boquete chorreante de sangre y fluidos,
e incluso la pared cercana, blancuzca en otros tiempos aunque no exactamente
limpia, se veía salpicada con pedazos de piel y materia viscosa, como gelatina,
pringosa. Todo en la escena era sucio y asqueroso pero poco a poco iba saliendo
de mi ensimismamiento, sobre todo al ver que ya había devorado casi todo el
interior de la cavidad craneal y su mirada comenzaba a adquirir fiereza e
incluso veía destellos de lujuria, gula. Era fue la palabra que me vino a la
cabeza. Gula. La cena le había sabido a poco y casi la había acabado. Volví a
apretar con fuerza mi bolso. Empezaba a pensar que no había atacado a las
personas correctas. ¿Quiénes eran aquellos tipos? ¿Qué pretendían? ¿Agarrarlo?
¿Intentaban llevárselo en el coche? ¿Meterlo en él para encerrarlo y que no
hiriera a nadie? Tenía que huir pero aquella cosa estaba en medio de mi camino
y retroceder no tenía sentido. ¿A dónde iría? A esas horas estaba todo cerrado
ya. Miré a la carretera. No venían coches ni vehículo alguno en ninguna
dirección. Podría cruzar y correr, correr hasta casa y… claro, y sacar la llave
del portar, meterla. Y mientras aquello esperaría gentilmente sin devorarme.
Tenía dos opciones más que quedaban en la misma dirección de
mi casa pero antes de llegar a ella: el guardia de seguridad de la entrada a los
astilleros y el parque de bomberos que hacía esquina con los jardines que
habían inaugurado al lado del bloque de viviendas donde residía.
Volví a mirar a la carretera. El tipo siguió mi línea de
visión y sonrió, sacando la lengua pastosa entre los dientes. Apreté más el
bolso y aquella cosa abrió los brazos como para marcar más el territorio,
arqueó la espalda y dobló las rodillas. Parecía a punto de saltar sobre mí y no
me iba a dejar huir. No podía esperar más. Corrí hacía el camino de asfalto sin
perder su contacto visual. Él sintió mis movimientos y saltó sobre el coche que
había tras el que había huido. Iba tras de mí en diagonal, siseando y
balbuceando sonidos incomprensibles, grititos gargantuescos de puro placer.
Corrí y corrí más aún, pero nunca había sido ni ágil ni rápida. Grité y redoblé
esfuerzos sin mirar atrás hasta que un peso desproporcionado cayó sobre mi
espalda y me revoleó, golpeándome contra el suelo. Forcejeé y me giré,
enloquecida. Mi bolso salió de mis manos disparado y quedó tirado lejos de mi
alcance, tanto daba. Gruñí como poseída, le golpeé el rostro y en el hombro
pero era escurridizo y fuerte, más de lo que esperaba. Luché con todas mis
fuerzas por zafarme, machacándole el costado con la rodilla y pisándole la
espalda y las piernas con los talones. Ahora siseaba con más fuerza, incluso en
un tono que parecía de burla o risa. Eso me cabreó, parecía no sentir dolor.
Golpeé más y chillé, ciega de rabia. Y luego aullé de dolor cuando me clavó los
dientes en el hombro derecho cerca del pecho. Dolía de morirse, quemaba y no
podía zafarme.
Y por encima de mis latidos, la quemazón, el asco y la
sensación de unos dientes hurgando y desgarrándome la piel, oí un ruido
ensordecedor, un derrape que me hizo rechinar los dientes y el atronador sonido
ininterrumpido de un claxon. Un coche nos había dado el encuentro y nos estaba
intentando esquivar como podía. Yo estaba aturdida, desorientada por las luces
de las farolas y por los faros del coche que me deslumbraban. No sabía bien
donde estaba. Pero la criatura aquella sí, y el peligro del vehículo casi
atropellándonos lo hizo saltar a la seguridad de la acera y agazaparse tras
unos coches aparcados. Me levanté tambaleante y entumecida, me acerqué a donde
estaba el bolso sin recordar el coche ni a la gente que iría dentro. Agarré mi
bolso, ahora con un asa rota, y corrí dando traspies, alejándome de toda la
escena. Corrí carretera arriba. Y esta vez sí miré atrás, y ví al monstruo
asustado, clavado en la pared sin entender nada. No sabía si había sido el
estruendo del coche al parar bruscamente, o el claxon ensordecedor, o las luces
delanteras que se clavaban en las pupilas, pero el monstruo estaba abrumado.
Tenía que aprovechar la oportunidad.
Ni garita de seguridad ni nada. A casa. Corrí como nunca, me
dolía todo. Me sujetaba el hombro, sangraba pero no era una herida tan
terrible. Pasé frente a la entrada al complejo industrial, no parecía haber
nadie. Ya estaba más cerca de casa. Unos minutos y a salvo. Volví a mirar
atrás. Se movía. Se movía saltando por los coches, pero estaba lejos. Sí,
lejos. Y al parecer estaba rabioso, aullaba enloquecido, me había perdido e iba
a hacer todo lo posible por recuperarme. ¿Y el coche? Allí no había rastro de
nada, habían seguido sin pararse. Mamones.
Vi el edificio del Parque de Bomberos. Era pequeño, gris. Y
el patio estaba iluminado, como siempre. Habría gente. Había tres coches de
bomberos aparcados junto a la entrada y dos coches particulares a un lateral
del patio. Miré de nuevo hacia atrás. Me daba tiempo, no podía aminorar ahora.
Seguí corriendo paralela ahora a la verja del parque, cerrado a esas horas. Y
lo sobrepasé, un poco más... mientras doblaba la esquina y me apartaba el pelo
empapado de la frente, alcancé a ver la puerta. Giré la cabeza y ví al monstruo
atrás, más cerca que antes pero aún alejado, no me alcanzaría. Saqué las llaves
del bolsillo, siempre llevaba el monedero y las llaves en los bolsillos por si
me robaban. Gracias a las advertencias de mi madre. Y llegué. Metí la llave en
la cerradura, temblorosa pero decidida. Giró con facilidad y entré y cerré tras
de mí con un fuerte portazo. Pero no me paré allí. Incapaz de esperar a llamar
al ascensor y que bajara, encendí la luz automática de las escaleras y subí los
escalones de dos en dos, con el pecho ardiendo, sin aire. Tendría que ponerme
más en forma. Me pesaban las piernas y sentía que tardaba una eternidad, no
podía más.
Alcancé el tercer piso con facilidad, resollando, y me apoyé
en la puerta. Tragué saliva, asfixiada, y dejé una fea mancha oscura con mis
huellas en ella. Ya lo limpiaría. Abrí y cerré con fuerza tras de mí. Por
costumbre y esta vez por temor, metí la llave de nuevo ya en el interior, le dí
dos vueltas para echar el cerrojo y la dejé colocada de lado. Otra sana costumbre
de mi madre.
Entré sin encender las luces. Crucé el pasillo y miré por la
ventana del salón. Las farolas de la calle y de la plazoleta que había enfrente
iluminaban toda la zona. Todo estaba tranquilo, todo parecía haber sido fruto
de mi imaginación, si no fuera porque…
Auh!, aullé de dolor y me tapé la boca para no despertar a
mis padres. Si no fuera por la pequeña herida del hombro que achicharraba la
carne por dentro. Me dolía la cabeza, el pecho, las piernas. De buena gana me
daría una ducha pero asustaría a mis padres. Debía llamar a la policía.
Pensando en llamar abrí la parte baja del mueble del salón, uno de sus cajones,
y saqué agua oxigenada, algodón y una caja de tiritas de esas grandes que
vienen en una pieza para recortar al tamaño deseado. Limpié la herida, no era
para tanto pero dolía de morirse y lo mismo necesitaba puntos, ya iría al día
siguiente al consultorio médico a que lo revisaran. Una vez desinfectada, cogí
la tirita y me la coloqué entera. Me tomé un ibuprofeno que saqué del mismo
cajón, fui al fregadero a lavarme la sangre y, entre temblores y fiebres, me
acosté en la cama a oscuras.
Tenía mareos y todo me daba vueltas. Yo misma me decía que
era normal, que estaba en shock y temblaba sin control. Pero la sensación era
rara. No pensaba en mi atacante, ni recordaba ya que debía llamar a la policía.
En mi malestar sentía que deliraba, con el cuerpo espasmódico y la mirada fija,
perdida en las formas que la escasa luz de la calle que se colaba entre las
tablas de la persiana recreaba en el techo, viendo más allá de ellas cómo
resplandecía ante mis ojos el hermoso y vibrante líquido rojo que fluía de la
cabeza quebrada del tipo muerto en el suelo. Y no pude evitar relamerme el
exceso de saliva que se me desbordaba por las comisuras de mis fríos labios.
Relato: Azufre y rosas
Sé que nadie ha creído nunca mi historia, pero no por eso
voy a dejar de contarla tal y como me pasó, pues supuso un antes y un después
en mi forma de pensar y de ver las cosas. Por supuesto, jamás se lo conté a mi
madre para que pudiera dejar atrás su dolor y pudiera seguir adelante.
Mi abuela María vivió toda su vida en el Barrio del Pópulo,
cerca de la reja del denominado Callejón del Duende, un lugar antiguo y mágico
en pleno centro de la capital de Cádiz. Cuando mi madre cumplió diecinueve
años, conoció a mi padre, se casaron y se fueron a vivir a Asturias, donde
nació mi hermano a los dos años y yo a los siete. No sé qué pasó entre mamá y
la abuela, supongo que alguna desavenencia por la boda o por el novio escogido,
pero lo cierto es que se llamaban poco y con tiranteces, y se visitaban todavía
menos. No sé cuál de las dos era más testadura, pero sé que la situación les
hacía daño, sé que mamá lloraba a escondidas en algunas ocasiones.
La abuela María falleció víctima de un ataque a la puerta de
su vivienda, de un robo chapucero y miserable con escasas pretensiones pero
gravísimas consecuencias. Unos chicos se escondieron, le dieron un susto para
robarle el monedero cuando salía a primeros de mes para hacer la compra en La
Plaza, el Mercado central de la ciudad y se resbaló con la mala fortuna de que
se golpeó la cabeza con un escalón después de rodar escaleras abajo. Todo muy
desafortunado.
Llamaron a casa cuando volvía de la escuela. Yo fui la que
cogí el teléfono pero no la que recibí la noticia, ya que preguntaron por mi
madre y, sin darle importancia a la llamada, le pasé el teléfono y me fui a mi
cuarto. Cómo lloraba, como se agarraba al teléfono cuando recibió la noticia.
Con reticencias, dos semanas después aprovechamos un puente
de vacaciones de cuatro días y bajamos a Cádiz a tramitar cosas del entierro y
del seguro de defunción, y a visitar la casa para ver qué había de interés.
Mamá estaba devastada, jamás la había visto tan hundida. Y cuando entramos al
piso, en un edificio oscuro y ruinoso de
losas desgastadas, el aire se me bloqueó en el pecho y me sobrevino una arcada.
Olía a moho, a libro viejo, a decadencia, era asqueroso. Papá se adelantó
mientras esperábamos cerca de la entrada y encendió la luz, una luz amarillenta
y opaca que sombreaba los muebles ajados con formas desagradables. Descorrió
cada pesada cortina y abrió una a una todas las puertas y ventanas, y con la
luz del día y el Sol entrando a raudales los bultos imprecisos adquirieron
otras tonalidades más agradables y firmes. Mamá entró temblorosa, con los ojos
enrojecidos por el llanto y las pisadas indecisas, sobrepasándome y
adentrándose hacia la sala y los dormitorios interiores. El suelo era de un
gris deslustrado, con algunas losas sueltas que producían un extraño tintineo
al ser pisadas. Y las paredes eran horribles, empapeladas con gruesos papeles
de colores apagados, con dibujos de rombos psicodélicos que apenas tenían ya
formas concretas en algunos lugares más elevados. Si incluso tenía un televisor
antiguo, de esos grandes como de madera que había visto en algún documental o
película antigua, con un botón grande y redondo a un lateral y una gran
protuberancia a modo de barrigota hinchada en la parte posterior. Era tan ancho
y grueso que la pantalla se veía ridículamente pequeña ante tan inmenso cuerpo
abultado.
Entré un par de pasos, trastabillando un poco al pisar en
terreno irregular y me dio por pensar que lo raro hubiera sido que no hubiera
muerto la abuela al pisar de mala manera una de esas losas sueltas.
Junto a una silla de madera repleta de marcas de polillas,
había un pequeño altar que me resultó raro, feo, con fotos de dos niñas
pequeñas, unas viejas y manoseadas, y otras más nuevas y a color: éramos mamá y
yo, rodeadas de estampas de santos, rosarios y velas a medio usar. No me
resultó agradable verme allí en medio, entre tanta suciedad y fanatismo.
Me di cuenta que la puerta se había quedado abierta y me di
la vuelta para cerrarla, y al alcanzar de nuevo la entrada, una sombra cruzó el
descansillo exterior, justo antes del lugar por donde la abuela había pisado
por última vez antes de resbalar por los desgastados escalones. Salí insegura,
mirando a los lados. La luz era clara y precisa, el Sol golpeaba fuerte y aún
así había visto algo. Miré a ambos lados, nada de nada. A un lado, a ras de
suelo, algo negro, muy negro me devolvió la mirada con unos amarillentos ojos
entornados. Era un gato. Un gato muy negro, muy feo y muy sucio con mirada
maliciosa, que agitaba la cola orgulloso y altanero, mirándome desafiante y
curioso. No le di más importancia al asunto, suponiendo que era el movimiento
del gato lo que me había despistado desde un principio, y volví hacia el piso,
y ahí fue donde noté una presencia.
Bueno, no es así exactamente. Digamos que algo me atravesó.
Sentí cómo tiraban del estómago hacia fuera desde dentro, y los pulmones se me
separaron un poco. Era una sensación extraña, no dolorosa pero bastante
molesta. Se me arqueó la columna un poco y me vino un fortísimo olor como a
azufre o a podrido, o a ambos a la vez. Y otra fuerte arcada y hizo recordar,
con un regusto agrio, el desayuno que habíamos tomado en una venta poco antes
de llegar a la ciudad.
Debo decir que fue un larguísimo instante muy desagradable,
pero lo que sucedió después me hizo cambiar de opinión. Un zumbido se alojó
bruscamente dentro de mi oído, que se fue haciendo preciso hasta oir unas
palabras muy claras en un tono inequívoco de mujer mayor, con un claro acento
andaluz, que me dijo: bendigo en alma de mi amada nieta.
Y toda sensación de desasosiego y deterioro se alejó de mí,
se separó de mi cuerpo en dirección a la casa, que todavía permanecía con la
puerta abierta. Me sentí renovada, cómoda… feliz. Una extraña calidez inundó mi
cuerpo y el ambiente se llenó de un fresquísimo olor a rosas. Sentí calor,
sentí amor, sentí todo el cariño de mi abuela volcado en mi interior.
Entré en la casa y cerré la puerta con una sonrisa en los
labios, una sonrisa que siempre aparece cuando recuerdo aquel momento.
No juzgo a mi madre, las cosas pasan y a veces no son
fáciles de solucionar, y sé que se perdonaron y que se quisieron con locura y aún
guardo en una caja las viejas fotos y algunas pertenencias que me traje aquel
día como triste recuerdo de una abuela amorosa aunque desgraciadamente desconocida.
Hola a todos y Feliz Año con muuuucho retraso
Pues eso, he estado tan ocupada con las fiestas y otras cosas que he dejado un poco abandonado el blog. Bueno, de un poco nada, totalmente abandonado. Pero ya estoy aqui de nuevo con los relatos atrasados y otras novedades que tengo pendientes. Saludos a todos y empezamos el año con 19 días de retraso.
jueves, 16 de octubre de 2014
Relato zombie: Atrapado en un día de mierda
Hace doce horas que yo, un gaditano de pro de unos cuarenta
y dos años de edad, trabajador (más o menos) y padre de familia, he sido
ingresado de urgencia en el Hospital Puerta del Mar. Por lo que puedo recordar,
lo que sucedió fue, más o menos, como sigue:
-
Mire usted, esto está más apretao que el culo de una
gorda. – Le decía Paco al extranjero que tenía problemas de atasco en el
retrete de la casa que había alquilado.
-
¿Cómo dice? – Le decía el tío estirao con acento
extraño.
-
Que por aquí no cabe ni el bigote de una gamba de
frente, oiga.- Insistía Paco, fontanero de toa la vida, dispuesto a cualquier
arreglillo que le proporcionara ingresos extras.
-
¿Gamba? – Repetía el pobre pringao sin enterarse de ná.
El nota había alquilao por un pastón aquel piso que había
dejao recientemente la difunta María Luisa sin más dueño que un sobrino
espabilao. La propiedad en cuestión estaba en pleno Barrio de Santa María, en
la calle Viento, en el bloque de pisos más feo y destartalao que se haya visto
por la zona, en aquella calle lúgubre y estrecha, eso sí, recalcando en el
anuncio que publicó en interné y en toas las inmobiliarias de Cai que era una
vivienda tradicional, típica y céntrica, cerca al mar. O sea, prehistórica,
ruinosa y con las cañerías en su punto más álguido de ebullición.
Y el sobrinito de marras gastándose los novecientos euros
que le había cobrao al incauto por el alquiler en temporada alta de verano, que
ahora se estaría puliendo en algún chalé en primera línea de playa. Si es que…
-
Le digo, señor Guiri de la Conchinchina, que por menos
de cien pelotes no le arregla esto nadie.
-
Excuse me?
-
Que no meto las manos en mierda por menos de cien
euros, oiga. Y ya usted se las arregla con el dueño. Que esto no es moco de
pavo, ¿vale? Que me queda obra pá rato. Ci-en e-u-ros, ¿me entiende? Y mañana
Ok, todo ok.
El tipo pareció entender, aunque no de buena gana, que le
tocaba apoquinar la pasta, y sacó el efectivo de la cartera. Ya todo el tema
económico arreglao, conseguí echarlo de cuarto de baño con aspavientos y
empujones y procedí a equiparme pá pasar el mal trago. Saqué unos guantes como
los que usa mi parienta pá fregar los platos, hasta casi el codo, y metí la
mano con toa la cara de fatiga. Al fondo se notaba una cosa pastosa y dura, un
engrudo asqueroso, compacto.
-
No veas lo que esconden los de fuera dentro de los
intestinos, este tío ha venío a España a dejar to su porquería. Vaya tela lo
que se ha formao aquí. Vamo, llegaría el tío un mes estreñío, por lo meno.
Salí al pasillo con el guante aún puesto, chorreando mierda
por to el trayecto. Me había dejao las herramientas a la entrada. Tenía que
desmontar to el tinglao porque ahí había más conglomerao que juntando toa la
piedra ostionera de la Bahía. Cogí las herramientas y me metí en el cuarto de
nuevo, no sin intentar antes sin éxito que el friki tiquismiquis me enchufara
un ventilador cerca, más que ná pa alejar las malas pestes que salían del
vater, y las que quedaban por salir.
Sudando como un toro en una corrida (¡uy, que frase más
malinterpretable!), empecé a desmontar con cuidado de no partir “demasiadas”
losas, y al cabo de un buen rato y mucho sudor, desplacé la pieza sin
demasiados incidentes. Un reguero de un fluido pastoso indefinido corría desde
el inicio del bajante hasta donde reposaba actualmente el vater y aparecía
empercochándolo todo por el constante pisoteo de mis propios pies. Bueno, yo no
lo iba a limpiar.
Primero usé una linterna pero aquello era boca de lobo. La
peste era nauseabunda, repugnante, y mira que había desatascao el menda más
váteres que conciertos dio el Maikel Jakson ese en toa su vida.
Cogí un desatascador y ná, parriba-pabajo con movimientos
pajilleros frenéticos, con los sudores recorriéndome la espalda. Me sequé el
sudor con el brazo y... ¡coño! Usé sin querer el brazo con el guante pringao.
Hoy no es mi día, pensé mientras me terminaba de ensuciar quitándome la
porquería con la camiseta, que era blanca cuando se inició el día.
Tras varios ruidos desagradables pareció destaponarse con un
fuerte ¡PLOC! que hizo retumbar toa la casa. Parte del contenido de la tubería
salió vomitao y el olor se desperdigó por la casa. El tipo que me había
contratao asomó la cabeza, abrió los ojos como platos y asqueao-aterrorizao,
salió huyendo pal salón. Mejor así, que no se puede trabajar con mirones, se
desconcentra uno.
Cogí un palo largo que tenía preparao y lo metí por el
hueco, pero a pesar de todo aquello no entraba ni a la de tres. No, si al final
todavía le había pedio poco parné. Pos ná, a meter la mano otra vé. Vaya
mierda…
Y en eso estaba, con la mano dentro hasta más arriba de la
muñeca, empujando algo duro, profundizando más, más, hasta que la masa pastosa
alcanzó el borde final del guante y se coló por dentro. Hoy me toca la lotería,
me dije asqueado, con la cara casi metida en la pringue del sueño. Y noté un
bulto, un bulto gordo que pareció… chillar, moverse… ¡y morder! Joder, hostia
puta, una rata.
Saqué la mano a toa carrera y me quité el guante dolorido.
Tenía una herida profunda, una mordedura. Me enjuagué las manos en el grifo del
lavabo, salpicando porquería por la pared y por el romi, y me sequé to la pasta
esa enfermiza con la toalla bordada. A la mierda el bordao. Estaba asustado por
coger una infección, la rabia o sarna de esa. Cabrona de la rata. Me puse otra
toalla del armarito de enfrente pá cortar la sangre y me agaché con la linterna
pá ver por el boquete, con recelo. Algo me saltó a la cara. La joía rata quería
más.
Forcejeando con ella salí al pasillo, intentando estrujarla
con la otra mano. Mientras resbalaba por la suciedad del suelo y me daba un
golpe en la cabeza, el mierda de bicho seguía atacando hasta que la agarré como
pude y la separé de la cara. Era asquerosa, olía fatal y parecía rara, como…
podrida. De hecho, tenía un trozo de carne menos en el costado y le colgaban
las tripas. Pero seguía mordiendo al aire. Asustao, la tiré lejos hacia el
cuarto de baño y ví, pá mi horror, que en vez de atacar de nuevo, procedía la
muy mamona a alinearse con otras doce o trece amiguitas que, como la primera, con
órganos colgando o con falta de ellos y sin inmutarse por ese hecho, echaban
cojones preparándose pá atacar.
Cogí el palo de desatascar, allí plantao el medio del
corredor en posición de defensa, o yo que sé, acojonao. A la vez, como el
ejército mejor organizao del mundo, atacaron sin piedad. Mi acojone aumentó en
proporción. Al carajo el Canal Plus, veré el fútbol en el bar, como siempre, y
eché a correr como perseguío por la bruja Lola en pelotas. Mala suerte que el
mierda de guiri chungo tropezó conmigo y caímos al suelo y, mientras me volvía
e intentaba quitármelo de encima pá guanajarme a la voz de ya, toas las
asquerosas ratas zombies se me tiraron encima. Y no recuerdo más, sólo que
estoy aquí to vendao, rodeao de tubos y aparatos entre pásticos y precintos,
con una peste a podrío que no se puede aguartar. Lo raro es que tó está limpio
y seco, creo que el podrío soy yo.
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