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martes, 23 de septiembre de 2014
Supercon 14, Nuevo evento en Jerez, en Ifeca
Del 26 al 28 de septiembre, o sea ya, tenéis en Jerez, en nuestra acostumbrada IFECA, una nueva serie de actividades orientadas al comic y al videojuego, que promete más diversión para rato con más de 200 actividades relacionadas con estos temas.
Está organizada por la asociación andaluza ALCE en colaboración con varias asociaciones de la zona. No os lo perdáis.
Más información en:
http://ramenparados.blogspot.com.es/2014/09/supercon-14-del-26-al-28-de-septiembre.html
El Castillo de Cagliostro, editada por Selecta, remasterizada
Selecta Visión se ha decidido a lanzar la edición remasterizada de esta joya de Hayao Miyazaki, tanto en formato dvd como en blueray. Se aventura que saldrá a la venta en el próximo mes de Noviembre.
Más información en:
http://www.deculture.es/2014/09/21/el-castillo-de-cagliostro-licenciada-selecta-vision-remasterizada/
Festival Manga en Cádiz
Animaos, chicos.. ¡QUE LA ENTRADA ES """GRATUITA""""!..
Los próximos días 3, 4 y 5 de Octubre en el Baluarte de la Candelaria, en Cádiz, se celebrará un Festival (que no Salón) manga en la misma línea que nuestros pasados y conocidos Salones del Manga celebrados en nuestra ciudad.
La página principal con información de talleres, actividades y demás es:
http://www.femanca.es/
Para información adicional:
http://www.cadizdiferente.com/festival-del-manga-cadiz-2014-salon-del-manga-en-el-baluarte/
http://www.diariodecadiz.es/article/ocio/1854451/salon/manga/regresa/baluarte.html
domingo, 14 de septiembre de 2014
Historia corta: De la sartén a las brasas
Toni era un estúpido. Un estúpido y un cabezota. Se le había
insinuado en clase de mil maneras pero sólo tenía ojos para las tetas de Sara.
Pues que se quedara con ella. Furiosa, cogí la correa de mi perra Alba, un
bichón maltés blanquísimo de apenas 3 kilos de peso, coqueta como ella sola, y
bajé con ella las escaleras para dar un paseo. No paraba de darle vueltas a mi
desamor y a mi infortunio con los chicos, hasta tal punto que me puse a
callejear sin rumbo ni interés. Accedí a la zona del parque, que a esas tardías
horas ya permanecía cerrado, y caminé con Alba paralela a las rejas del mismo,
parándome constantemente, pues la perra no se decidía por el arbolito en el que
le apeteciera hacer sus necesidades básicas. Al llegar al final del parque
estaba en construcción el nuevo acceso al aparcamiento subterráneo que estaban
construyendo allí, una gran entrada de dos carriles, amplia y de techo elevado,
que bajaba empinada hasta el primer piso de aparcamientos. Permanecía vallado,
cerrado y oscuro como boca de lobo. Alba me terminaba de sacar de quicio, no
hubiera quien avanzara con ella, que pesada parándose por todos lados.
Continuamos Alameda Apocada abajo, yo en mi mundo, maldiciendo a todos, aún
enfurruñada. Oí pasos, a un lateral, entre los arbustos, y luego risas. Era un
grupo de chicos que, por el olor, no fumaban tabaco precisamente. No me
gustaban y me daban mal rollo. Aceleré el paso y tiré de Alba, que ladró
molesta. Las risas cambiaron de tono y de distancia: se acercaban por mi
lateral. Sin pensar mucho, decidí que ya había paseado bastante, mejor volver a
casa, y me dí media vuelta a paso rápido. Pero eso no hizo que los chicos
desistieran, me habían visto y oía pullas y risas. No quería líos ni me gustaba
el cariz que estaba tomando la situación. Alba se decidió en ese momento por un
árbol que había a mi izquierda y corrió hacia él, enredando la correa entre las
piernas, frenando mi avance. Miré atrás, eran tres chicos, y estaban a pocos
pasos, mirándome divertidos de arriba abajo, como estudiando la mercancía. Me
entró un escalofrío y tiré de Alba con más fuerza, tanta que se me escapó la
cuerda de la correa de la mano y perdí el agarre. La perra corrió asustada y
dolorida hacia adelante, a la vez que un coche hacía una rara maniobra cerca de
la entrada del aparcamiento, espacio en el que se ensanchaba un poco el camino
y aprovechaba el conductor para cambiar el sentido de la marcha. Alba ladró
lastimosa y corrió hacia perderse de vista dentro del aparcamiento a medio
construir.
No podía parar, ni podía seguir hacia casa sin Alba, así que
corrí tras ella sin pensarlo mucho y me metí entre piedras y escombros cuesta
abajo, gritando el nombre de mi perrita, llamándola para impedir que se alejara
más.
Y nada más entrar se hizo el silencio y la oscuridad más
absolutas, salvo por los ladridos y el retumbar de las uñas de las patas de la
perra, que con el eco sonaban amplificadas. Seguía llamándola pero la oía cada
vez más lejos. Tenía miedo de que los chicos de afuera me siguieran y me
atraparan allí, y de que todo aquello se derrumbara sobre mi cabeza, y de que
Alba acabara lastimada por meterse por donde no debía.
Saqué mi móvil y encendí la linterna que había descargado de
internet para poder buscar en el cine la butaca correspondiente sin dificultad.
Iluminaba bastante pero a muy corta distancia, y además producía unas sombras
fantasmales que ponían la piel de gallina. No era agradable estar sola allí.
Avancé con cuidado, el suelo estaba por algunas zonas a
medio levantar, y era irregular e inseguro. Escuché un ladrido, más bien un
quejido de dolor, y me entró el pánico. Llamé a Alba pero nada. Avancé más
rápido hasta dar con un muro de piedra ostionera rugosa, antigua, que corría en
horizontal a todo lo largo, sería una de las paredes delimitadoras del
aparcamiento, de uno de los laterales. Caminé deprisa, paralelo a él, llamando
a gritos siempre a mi perra. No parecía que me siguiera nadie, por cierto, pero
tampoco estaba para ocuparme de eso ahora. Escuché un aulllido más adelante,
algo le pasaba a Alba. Corrí y me resbalé en un par de ocasiones, raspándome la
rodilla y haciéndome un feo roto en el pantalón vaquero. Mierda. Otro aullido,
este más quejumbroso, muy cerca, aunque el eco distorsionaba por completo mi
percepción de las distancias. Tropecé de nuevo. No, no era una piedra, era una
entrada con la abertura irregular a medio oradar, y Alba estaba dentro, la veía
patalear. Asomé la cabeza, el hueco era grande y no llegaba a alcanzarla.
Intenté tranquilizarla, alumbrándola, pero para mi asombro algo pareció tirar
de ella de una manera tan brusca, que al momento la perdí de vista hacia el
lateral interior del agujero. Tenía poca profundidad, y con un pequeño salto ya
estuve dentro.
No me gustaban los espacios cerrados pero no podía dejar a
Alba allí abandonada, no me lo perdonaría nunca ni podría dar en casa una
explicación convincente de cómo perdí a la perra y la dejé desamparada a su
suerte. Avancé con dificultad, casi en cuclillas. Sólo distinguía la pared
abrupta que me rodeaba y el techo asimétrico que obligaba a agacharme más aún
para no arañarme la cabeza con sus salientes puntiagudos. Y el suelo no pintaba
mejor, así que andar a gatas me destrozaría las manos. Al rato, harta de llamar
a Alba sin obtener respuestas, el hueco empezó a estrecharse paulatinamente, y
a girar de manera casi imperceptible. No sabía cuánto tiempo llevaba así, pero
el cuello me dolía horrores, y las rodillas me palpitaban dolorosamente. De
Alba hacía rato que no sabía nada, pero no me importaba seguir porque no me había
encontrado con ninguna bifurcación ni encrucijada, así que el camino de salida
lo tenía fácil y aún me quedaba bastante batería en el móvil.
Cuando ya casi no podía caminar, pues el camino se
estrechaba demasiado y me rasgaba los codos y las rodillas, avanzando casi a
gatas, ví un punto rojo lejano que brillaba doblemente al reflejarse la luz de
la linterna contra el fondo, un fondo que no llegaba a distinguir pero no
parecía muy distante. El punto pasó al tamaño de una canica, y luego de una
pelota, cada vez más rojo e incandescente, hasta distinguir las rugosidades de
una rudimentaria entrada por la que pasé a duras penas. Seguía llamando a Alba
sin resultados. Y lo curioso es que, a pesar de sentir que algo fallaba, a
pesar de saber que algo tenía que haber agarrado a la perra y tirado de ella
hacia el interior, ni noté nada raro ni me sentía asustada o en peligro. Y con
la entrada en el hueco del otro lado del tunel, el espacio se ensanchó y pude
ponerme en pie.
Accedí a una cueva de tamaño considerable, y al lado opuesto
de la sala, de oscuros techos ocultos en las alturas, crepitaba una hoguera con
un fuego potente y abrasador. Ardía solo, no había nadie alrededor, y al
avanzar hacía él, temerosa, tropecé y caí de nuevo. Volví a arañarme sobre las
rodillas ya magulladas y empecé a sangrar. Me levanté al oir lo que parecían
unos susurros reverberantes, y roces imprecisos. Llamé a Alba con la voz
temblorosa, avanzando hipnotizada hacia la luz, la única zona que me ofrecía
confianza, pues no veía casi nada, es más, la linterna del teléfono me
deslumbraba más que otra cosa. Lo que ví a la luz ahora cercana de la hoguera
me horrorizó. Eran huesos, huesos animales y otros de los que dudaba su
procedencia. El miedo me atenazó con violencia y comencé a temblar. Ví un bulto
en el suelo al otro lado del fuego. ¡Era Alba! La habían despellejado y estaba
ensartada en un palo a todo lo largo, inerte y ensangrentada. Mi pobre Alba. Me
volví aterrorizada, llorando, histérica y sin control. Dí un gritó de pavor y
salí corriendo hacia el hueco por el que había accedido al lugar, hasta que, a
medio camino y ciega por el miedo y las lagrimas, tropecé con algo duró y caí,
dándome un fuerte golpe al chocar con la piedra.
Todo eso ocurrió hace horas. Ahora estoy atada, temblando
como una hoja mecida por un huracán. Me duele el pecho de gritar, y los ojos de
forzarlos con llantos. He perdido la cordura, me arrastro pero no avanzo, estoy
atrapada y agravo mi agarre al tirar. Me siento como Alba, pobre Alba. Acabaré
como ella cuando aquel tipo escuálido y deforme termine de afilar el
rudimentario cuchillo que afila incansablemente, mientras me mira a ratos y se
limpia la saliva espumosa con frecuencia con el antebrazo costroso, con
expresión golosa.
Había salido de la sartén para caer en las brasas.
jueves, 14 de agosto de 2014
Historia zombie Ensayo escénico grupal
Permanecía en la cola para acceder al Parque de José
Celestino Mutis, a una de las representaciones teatrales del repertorio
veraniego de Noches de Teatro. Ya tenía mi entrada y esperaba pacientemente
para poder entrar al espacio habilitado y proceder a colocarme en un lugar
cómodo y con buena perspectiva para ver el espectáculo en una buena posición.
Reconozco que desde que acudía los miércoles a ver estas
actividades, se había convertido en uno de mis días de la semana favoritos.
Ya caía la tarde y el Sol declinaba para dar paso a una
noche calurosa y estrellada, repleta de incordiantes mosquitos que acribillaban
a los asistentes a picotazos.
A mi derecha, una chica treintañera, de vestido colorido a
lo hippie, pulsaba con frenesí las teclas táctiles de su teléfono móvil casi
sin pestañear a la vez que mantenía una acalorada discusión con su compañera de
asiento. Qué habilidad debía tener, a mí ese tipo de tecnología aún se me
atragantaba.
A mi izquierda había una chica que acudía acompañada de otra
joven de su quinta que cargaba un bebé ruidoso. La chica llevaba pantalones
morados muy cortos que dejaban al aire unas bonitas y delgadas piernas
bronceadas por el Sol, con unas sandalias marrones y doradas casi sin sujeción,
y una elegante blusa verde azulada con un arcoiris de tonalidades ralladas
entre en vertical que rondaban entre verdosas y amarillentas. Con el monedero
entre las manos, se sola quedó unos instantes sola mientras la otra se iba a
preguntar algo al guardia de seguridad del recinto. La oímos volver desde mucho
antes de que apareciera ante nuestros ojos pues la pequeña berreaba como poseía
por un animal salvaje en plena época de celo.
Se sentó junto a su amiga y, mientras sacudía, más que
acunarla, a la niña que portaba en
brazos, discutía con la otra sobre si marcharse y volver más tarde, o esperar a
más integrantes de su pandilla, palabras casi textuales. El caso es que mucho
hablar, y ninguna movía un músculo, y yo loca porque se largaran de una
puñetera vez.
Por fín hubo movimiento en la cola, más adelante. En
resumidas cuentas, entramos al espacio y procedimos a colocarnos. A mis
“compis” se les unieron tres chicas más con el mismo estilo moderno, con melena
mega planchada, escasa vestimenta y no tan escaso maquillaje. Y apenas unos
quince años si llegaba, valiente juventud. Me reía por dentro, sintiéndome
vieja tras pensar esas cosas.
Para colmo tuve la dudosa suerte de sentarme justo delante
del grupo alborotador.
El espectáculo comenzó sin más novedades y disminuyeron la
intensidad de la luz artificial del lugar.
En el escenario improvisado habían colocado unas sillas y
varios utensilios, algunos de difícil identificación, y la escena comenzó a
fluir y la gente a concentrarse. Una espesa humareda impregnó el lugar,
proveniente de un pequeño cubículo negro que se hallaba tras el mobiliario
escénico, y que a pesar de estar al aire libre, no terminaba de difuminarse,
permaneciendo denso y asfixiante a nuestro alrededor.
Para colmo, el bebé seguía llorando a intervalos, y el
público miraba a mi espalda con caras molestas y recriminatorias. Un par de
siseos, unos movimientos bruscos y parecía que se apaciguaba pero sólo unos
instantes. Y de pronto, un fuerte golpe en mis hombros me hizo dar un respingo,
furiosa con las continuas molestias y distracciones, y dar un grito. Los
actores se callaron y la gente protestaba. Molestando a unos y a otros,
insultando sin disimulo por el camino, me desplacé hacia otro espacio vacío a
un lateral con menos visibilidad pero más tranquilo y despejado de humareda. Y
nunca tendré plena conciencia de lo que aquello supuso para mí.
El bebé siguió llorando histérico con unos rugidos
atronadores, roncos ya, la garganta destrozada. Dolía oírlo. La luz se encendió
y la gente de alrededor de donde estaban los chicos se levantaba y protestaba,
algunos entre toses, sacudiendo con la mano el aire de su alrededor. Comenzaba
el caos.
La chica del bebé se levantó y procedió a salir. Pasó cerca
de mí y hasta entonces no me había fijado bien en la criatura que la niña
cargaba: estaba verdosa y tenía las pupilas dilatadas. Sólo la ví apenas tres
segundos pero el aspecto era aterrador, insalubre.
Tras bajar los escalones en dirección a la salida, un
movimiento brusco, espasmódico, acompañado de un grito visceral, le hizo bajar
los brazos. El bebé saltó, no tengo otra palabra para describirlo, de los
brazos de su cuidadora al espectador más cercano en un giro acrobático
antinatural, hacia la cara. La chica se sujetaba el brazo y aullaba de dolor, y
un surco de sangre se formaba a sus pies. La criatura arañaba los ojos del
señor sobre el que había caído, y el tipo no era capaz de deshacerse de él en
su sorpresa. La gente intentaba socorrerlo y se formó un gentío alrededor. Una
mujer madura y regordeta consiguió agarrar al niño por las axilas y tirar de
él, y mientras al hombre parecía salírsele los ojos de las órbitas y pataleaba
tembloroso, consiguió separarlos no sin que el crío se llevara parte del labio
superior del individuo. La sangre brotaba a chorros, todos gritaban y algunos empezaban
ya a correr hacia la salida en desbandada. Ya no había actores en las sillas
del escenario, ni se veía a los organizadores. La señora no podía ver al bebé
de frente, pero cuando vio la cara destrozada del hombre lo soltó asustada y
salió zanqueando entre tropiezos. El bebé había desaparecido por el suelo,
entre piernas zozobrantes y empellones. Un alarido más allá me advirtió que la
pequeña monstruosidad seguía haciendo estragos por los bajos fondos. En una
ocasión un tipo alto y desgarbado que iba empujando histérico en medio del
tumulto desapareció de pronto, engullido hacia el suelo, y un geiser de sangre
negruzca surgió del hueco momentos antes ocupado por él, salpicando a todos los
que ocupaban la zona.
El espectáculo en general era desolador: todo aparecía mancillado,
poblado de restos confusos, marañas de prendas inservibles y algún bolso
pisoteado. Unos grandes charcos irregulares ensuciaban más un lado que otros,
pero las pisadas esparcieron la mezcla por todo el lugar. Una anciana lloraba sola
en la esquina opuesta, incapaz de abandonar el recinto por sí misma, abandonada
a su suerte. Y algunos más permanecían esparcidos por el lugar, algunos heridos
por el engendro y otros pisoteados por la propia turba. Y ni rastro del
monstruo, ni rastro…
La humareda empezaba a dispersarse y se veía con más
claridad. Como despertando de un pesado sueño, parpadeé incómoda, para
comprobar que me encontraba donde me había sentado en primer lugar y que no
había heridos, ni bebés asesinos, ni rastros de sangre o conflicto alguno. Nos
explicaron la intención de lo que llamaron “ensayo escénico grupal”, cuyo
motivo principal era algo así como provocar estimulaciones colectivas de tipo
hipnótico pero individualizadas en función de las sensaciones producidas por la
puesta en escena, con la ayuda de un ligero alucinógeno inductor, claro que, al
parecer, no tuvieron en cuenta quienes estuvieran sensibilizados o alterados
por circunstancias externas y ajenas a la obra. Mala suerte la mía, hombre.
jueves, 17 de julio de 2014
Historia Corta: Fotosíntesis
Las innumerables flores que poblaban el espacio ajardinado
reverberaban al ritmo de la música entre mis dedos húmedos por el rocío de la
noche pasada. El nuevo Parque de José Celestino Mutis alojaba en su interior un
pequeño auditorio con aspecto de anfiteatro, y en él se estaban celebrando en
las últimas semanas del verano conciertos matutinos dominicales.
En esa calurosa mañana acertaban a reproducir versiones en
música clásica de grandes éxitos musicales del cine de todos los tiempos,
comerciales y pegadizos, y la gente aplaudía entusiasmada desde las gradas del
espacio techado, al amparo de la sombra y en la comodidad de sus asientos
escalonados.
Yo prefería envolverme en el embrujo de la música en
solitario y complementar los conocidos compases de las grandes películas que
han llegado a marcar mi vida, paseando entre los perfumes naturales, combinando
el sonido con el tacto aterciopelado de la vegetación y el fresco olor en un
todo envolvente.
Era embriagador, naturaleza viva entre mis dedos y los compases
embotados con el aroma hipnotizador.
El tiempo se paró en mi interior, extasiada, transportada a
un mundo sin color, sólo repleto de sensaciones místicas, narcotizantes,
evocadoras de otra realidad.
Entre acto y acto, sólo los aplausos me hacían volver
dolorosa y constantemente al lugar donde físicamente me encontraba, para volver
en la siguiente sintonía a otro estrato de armonía y sensibilidad.
Y entre caricia y textura noté una rugosidad, un pinchazo
agudo que me devolvió a la realidad de un fogonazo.
Habitué la vista a la luz del día en unos instantes,
alarmada, sacada de mi ensimismamiento con un sobresalto de lo más
desagradable.
Me miré el dedo y una pequeña espina aparecía clavada en la
yema del dedo. Era rojiza, muy puntiaguda y se había introducido en la piel en
profundidad. Apretando más abajo con la uña del pulgar, no sin esfuerzo,
conseguí que una mínima parte sobresaliera de la piel, que comenzaba a
inflamarse, y con los dientes logré sacar el resto.
Nada más escupirla, y para mi horror, una gota de sangre
verduzca y espesa afloró de la pequeña herida, y una quemazón insufrible se
extendía con rapidez mano arriba y hacia el brazo. El picor y el escozor eran
tan agudos que se me saltaron las lágrimas y me nublaron la vista… Y ya no
recuerdo más de aquel día, ya no volví a pisar aquel jardín de bonitas flores y
frescos árboles, ya no volví a respirar su aroma...
Ahora ya no puedo salir de casa, y veo el transitar de la
gente desde mi ventana. El hijo de la vecina juega a la pelota con otro chico
que nunca vi antes como si fueran conocidos de toda la vida, y los colores del
balón se reflejan en los cristales de mi ventana al contacto con la luz solar
de tal modo que produce un arco iris que mi embota los sentidos en un mosaico
de una belleza inhumana.
El Sol me nubla los sentidos y me hormiguea cuando se
introduce por mi piel y me recorre el cuerpo con un calor renovador, me llena
de energía y de vitalidad, me alegra el día y me reaviva los sentidos, haciendo
que toda mi interactuación con el entorno sea sobrecogedora, nueva y diferente
a cada instante, con una sensación de vida y felicidad como jamás conocí antes.
Ahora vivo en paz, aunque he visto llorar a mis familiares,
deshacerse en lágrimas viendo como me convertía en lo que soy, en lo que aquel
día hizo conmigo. Ya no camino, ya no estudio, ni trabajo. No puedo salir de
casa, no puedo relacionarme con ellos e incluso creo que para ellos todo esto
es peor que haberme muerto, porque sigo aquí sin poder comunicarme con ellos,
pero ya no me pueden ver como la que era, ni siquiera puedo advertirles de que
aún los oigo y los entiendo, de que comprendo su pesar, de que estoy mejor que
cuando era quien era.
Vivo en una paz permanente, sin preocupaciones, en un estado
similar al de aquellos momentos en los que escuchaba los conciertos en vivo en
el parque de al lado de mi casa. Ahora me abraza la música de los violines y el
compás de las flautas y los tambores, pero ya no son sonidos y texturas que
intento atrapar con mis dedos o con mis oídos.
La caricia de los rayos de Sol en mi cuerpo es como la danza
ritual de los amantes, fundiendo las temperaturas del conjunto en un único
estrato climático. Las trayectorias de los rayos se entrecruzan con el rítmico
vaivén de los destellos. Todo es un conjunto musical que une el calor con el
flujo del aire a mí alrededor. No sólo el calor, no sólo el compás: el contacto
del aire húmedo de la mañana, las virutas de polvo posándose sobre mí y
desperdigándose de nuevo con el viento caprichoso, el suave beso de las gotas
de agua en mi figura, los sonidos difuminados e intensos de las voces
familiares.
Todo eso lo percibo como nunca lo hice antes, y continúo
escuchando, absorbiendo desde mi nueva condición física, en el gran jarrón en
el que me han plantado junto a la ventana, los conciertos matutinos
dominicales.
lunes, 9 de junio de 2014
Relato: El monstruo de piel rojiza
La gigantesca criatura embestía con fiereza contra los
bastos muros de la fortaleza, que se desmoronaba por momentos. Arremetía sin
piedad ni descanso, con una furia propia del desconocimiento y de la pura
terquedad. Los soldados y demás habitantes del fuerte permanecían al pie de las
almenas y en las zonas altas, con las armas que pudieron conseguir en posición
de ataque pero incapaces de realizarle al monstruoso ser ni un mínimo rasguño
desde aquella distancia.
Aquella cosa había aparecido desde las profundidades del
fondo marino, sin previo aviso, y se había dirigido hacia aquella construcción
de manera deliberada y sin meditar, quizá curiosa por aquella forma irregular
que se alzaba en medio del terreno desértico a capricho, quizá molesta por
permanecer ahí justo por donde se le antojaba echar el paso. Sea como fuere,
había cogido desprevenido a sus numerosos habitantes, que no se veían capaces
de repeler tamaño ataque de ninguna de las maneras, se veían como muñecos
estáticos colocados al azar en un castillo de arena.
El monstruo era inmenso, se alzaba, en proporción, con una
altura que rondaba las dos veces la distancia máxima desde la base de la
construcción hasta su parte más elevada. Contemplaba el interior desde aquella
posición panorámica, viendo todo el espacio desde arriba con aquellos dos ojos
saltones que tenía delante de aquel cuerpo ovalado, desproporcionado. Tenía
cuatro patas delgadas a cada lado del cuerpo, sosteniendo con firmeza aquella
estructura corpórea descomunal, de un rojo fuego que resaltaban aún más unos
gruesos pelos negros tan grandes como el brazo de un hombre. Pero lo peor era
las dos patas delanteras que alzaba como brazos, con un grosos dos o tres veces
mayor que las patas posteriores, de un tono rojizo más claro pero más brillantes,
y después utilizaba con fuerza contra los muros y la puerta reforzada
principal, a modo de arietes, destrozando cuanta protección tuvieran los
habitantes del recinto, incluso haciéndolos caer desde las alturas de las
almenas y torreones en una caída de la que no podrían recuperarse jamás.
La piel se veía dura, como un caparazón metalizado que
cegaba los ojos cuando la luz del Sol se reflejaba en ella, inclemente pero de
una belleza salvaje. Y no dejaba de mover las manos, que eran como dos dedos prensiles
de diferente tamaño, dañinos como sólo ellos podían serlo, que restallaban con
cada choque obnubilando los sentidos. Todo en él era fuerza, poder, bravura… un
toro desbocado adaptado a la vida marina. No teníamos nada que hacer contra
tamaño poder.
Combatía de lado, golpeando con un costado, moviéndose en
esa posición todo el tiempo en lo que parecía una cuidada estrategia para
protegerse el otro flanco y los ojos, que parecían su punto débil.
A la voz de “¡Disparen!”, “¡Flechas prestan para cargar!” y
otras lindezas, los altos cargos del débil ejército atacaban a la desesperada.
Una flecha salió disparada algo antes de tiempo, y al punto la siguieron otras
más, surcando el aire como finas gotas de rocío teledirigidas… y dieron contra
la dura piel sin dejar mancha alguna. Otra ráfaga siguió a la primera, y otra,
y otra… se sucedían sin descanso. El monstruo rugía furioso, expulsando una
especie de saliva espumosa por un pequeño orificio que tenía justo bajo los
ojos, muy pequeño, que debía ser la boca pero que no usaba un para defensa ni
para acompañar al ataque. Los ojos bailoteaban son descanso, dispares,
observándolo todo, y no cejaba en su empeño.
Parte de la estructura lateral de la zona que quedaba más
cerca del mar y parte del portalón de entrada y del delgado puente que separaba
el fuerte amurallado del terreno sólido habían sido ya casi totalmente
derribado, y la tropa se sentía ya fundadamente derrotada. Un par de ataques
más, y la criatura acabaría pisoteando todas las casas y recintos del interior,
y no quedaría nada en pie para defender.
Uno de los soldados, que debía estar herido desde el
principio de la contienda porque permanecía todo el tiempo medio arrodillado,
empezó la alzar la voz y a sustituir las continuas e incesantes voces de mando
por plegarias a un Dios que parecía inexistente. Montones de soldados yacían a
discreción, caídos, inmóviles, destrozados. No había esperanza y, sin embargo,
era lo único que sentía que le quedaba por hacer, así que rezó, rezó alto y
claro, con una energía que sólo podía provenir de la desesperanza, del
desamparo más profundo. Las voces de mando empezaron a perder fuerzas, a
debilitarse, y otras voces se alzaron a coro de la primera, en una última
oración de vida y muerte.
Y Dios acudió en su ayuda. Una enorme sombra, mil veces
mayor que la de la criatura atacante, oscureció el cielo con su sólida forma
corpórea, humanoide. No se veían sus rasgos, ocultados por la luz solar
inclemente que iluminaba su parte posterior ensombreciendo la contraria. Y se algo
una mano, una mano de un tamaño colosal, más grande que muchos de sus
compañeros juntos, y con un golpe magistral dado con el dorso de la misma con
brutal saña, a la par que un rugido profundo retumbaba en el aire, desplazo al
monstruoso atacante con una facilidad pasmosa, muchos metros más allá, y cuando
consiguió darse la vuelta y enderezarse con fingida dignidad, huyó mar adentro
tal y como había venido.
La silueta de la divinidad que nos había socorrido se alejó
a una velocidad inaudita y nos dejó débiles y esperanzados…
-
Cariño, deja ya de jugar en el castillo de arena, que
nos vamos a casa-.
-
¡Jo, mamá! ¡Un cangrejo enorme me ha roto tres soldados!
-.
-
Bueno, venga recógelos. Ya te compraré otros. Que se
hace tarde-.
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